jueves, 25 de octubre de 2012

Ochentoso

Con este cuento vuelve a nuestro blog Josella Playton, con historias urbanas de vidas al límite en el margen de la ciudad. En esta ocasión, nos vamos a Buenos Aires en los años 80.

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Con veintidós años era todo muy fácil y muy difícil al mismo tiempo; la potencialidad poética de esa situación, la verdad, es que no formaba parte de mis preocupaciones de entonces. El bien y el mal; blanco y negro; el ying y el yang; porque tu hielo me abrasa: no eran más que palabras, incluso, aunque se pensara mucho en ello, buscando la verdad y bla, bla, bla.

Eran los ochenta, ¿sabés lo que eso significa, lo que significaba? En aquel tiempo nadie sacaba conclusiones, pero la realidad es que los ochenta fueron como meter en una licuadora a los sesenta y los setenta —décadas lejanas, inaccesibles— mezclarlos bien y sacar un vaso de jugo de lo peor. Y tragárselo sin respirar, como hacían nuestros viejos con el aceite de ricino, qué pelotudos los pobres.

Todo era muy sencillo. Odiábamos y amábamos, y no aguantábamos a nadie. Claro, sí, obvio, tampoco nos aguantábamos a nosotros mismos; pero que nadie se metiera con nosotros.

Y nos volvíamos locos con los raros peinados nuevos; odiábamos los mocasines de goma; la ciudad de la furia era una puta ciudad de pobres corazones. En eso estábamos, qué querés: te amo, te odio; dame más.

Y nos salvamos de muchas cosas, también. ¿Te imaginás si la Argentina hubiera limitado con Marruecos, por ejemplo? ¿Te das cuenta de lo difícil que era para cualquiera conseguir heroína? Los ochenta fueron épocas de marihuana y de cocaína, de mucha cerveza, pero hasta ahí llegó nuestro amor. De la que nos salvamos, la heroína no se conseguía. ¿Sabés qué importante fue eso? Porque Luca tuvo mucha mala suerte. Se murió, pero él sabía que lo mejor para escaparse de la heroína era esconderse acá, en el culo del mundo. Y se reventó el hígado. Pero le pasó solamente a él, ¿no?

Así eran los ochenta. Era todo un kilombo, había que sobrevivir, salvarse de uno mismo, de la mediocridad feroz que nos nacía de dentro del alma, que engrasaba nuestra mirada. Y sí, ya lo sé, estoy conceptualizando, embadurnándolo todo de racionalidad pedorra, inútil, indiferente. Y contándote muchas boludeces que no importan a nadie, como hago siempre.
Yo sé que lo único que me importa de los ochenta es lo que pasó entre vos y yo. Pero tenés que comprender que no me ampara el secreto de confesión, que no soy un rey absolutista que puede hacer lo que le salga de las pelotas y que no le va a pasar nada. Yo soy un tipo de carne y hueso, con mis flaquezas, mi enorme miedo. ¿Te das cuenta de lo que me habría pasado si hubiera abierto la boca, si hubiera sido sincero y lo hubiera contado todo?

Yo sé que la justicia es importante, carajo, ¿cómo no lo voy a saber? Pero tampoco era cuestión de inmolarme. ¿Vos te das cuenta de lo que me hubiera pasado a mí, con el pelo largo que llevaba en esa época, con mi delgadez, mi cara de niño, ahí, en la cárcel, víctima del sistema judicial argentino que castiga a lo bestia? Yo sé que me libré, que no se hizo justicia, que me habría merecido ser castigado y bien castigado, pero no así, eso era demasiado. Obvio que tuve miedo, ¿cómo no iba a asustarme saber que iba a pasar no sé cuántos años preso, que me vieran enclenque como era y que me reventaran a trompadas vaya uno a saber cuántas veces, que me violara quien quisiera, que me usaran como su empleada doméstica para siempre?

¿Te acordás cómo fue la primera vez que hablamos? Yo te reconocí en el colectivo, no habías conseguido asiento y estabas parada con esa cara de odio que tenías, que te hacía tan linda, y yo me fui acercando de a poco, como quien no quiere la cosa, y ahí mismo me di cuenta de que si te saludaba, si te comentaba que me parecía que te conocía, que no eras vos, acaso, la hermana de Máquina, el pendejo boludísimo que laburaba en el bar de la estación de Primera Junta, vos no me habrías dado tres cuartos de bola. Que tampoco valía sonreírte y hacerme el gracioso, ni el interesante, ni nada. La única forma era sorprendiéndote y conseguir que quisieras matarme durante un segundo. Por eso fue que aproveché la frenada y te golpeé con el codo en el hombro. Vos me dijiste “¿qué hacés, forro?” y yo te pedí perdón y lo puteé al colectivero. Y enseguida te pregunté si vos no eras la hermana de Máquina. Y descubrí que eso que hiciste, que fue volver a juzgarme con toda la intención de volver a condenarme, resultó a favor mío. Que tuve mucha suerte, que había jugado muy bien mis cartas. Y que vos tuviste toda la mala suerte del mundo.

Eran los ochenta. Era algo así como que todo estaba permitido, ¿me entendés? El pelotudo de Nietzsche pensaba que él había matado a dios, cuando en realidad lo matamos nosotros, los que verdaderamente nos importaba todo tres carajos. Y sí, otra vez me pongo a conceptualizar, ¿viste qué bien se me da escaparme?

—Máquina es un boludo —me dijiste—. ¿Tenés muchos amigos boludos, vos?

Me costó varios segundos darme cuenta de que el no haber sabido qué cosa inteligente responderte había sido un golpe de fortuna. Te vi en la cara que te creíste que me daba igual lo que vos pudieras pensar de mí, y me juzgaste con carácter. Te seguí mirando y me limité a sonreírte. Vos te escudaste, aunque no demasiado, en un gesto de indiferencia, pero yo ya estaba en tu terreno, habías dejado entornada una puerta.

De todos modos, aquella vez no canté victoria. Fue un puntito, nada más. Me hice notar, te caí medianamente bien, pero la cosa se acabó ahí. Vos te bajaste después de diez o quince minutos, y yo seguí mi viaje.

Máquina, y hay que ser muy generoso para no describirlo con insultos, es un chabón simple, básico; muy Dos Minutos, Viejas Locas, no sé si me explico. Y sí, era mi amigo, yo tenía amigos así. Yo tampoco era mucho más brillante que Máquina por esa época; seguramente tampoco lo soy ahora, pero tampoco era cuestión de que vos me tiraras por la cabeza un dime con quién andas y me dieras una patada en el culo desde el principio.

A vos no te gustaban ni los imbéciles ni la gente sana, ¿verdad? Era algo que no podías cambiar, por lo menos no cuando te conocí, cuando no sabías lo que querías pero lo querías ya, cuando cometiste el error de tragarte mis mentiras, cuando yo cometí el error de juzgarte, de creerme mejor que vos por el simple hecho de que había conseguido engañarte. Y después ya no importó si alguna vez ibas a cambiar.

Máquina ni se sorprendió de que yo volviera a frecuentarlo, mucho más seguido que antes. Me enteré rápido qué boliches frecuentabas, las bandas que escuchabas, dónde pasabas el rato, tus vicios y si eran compatibles con los míos, que no había forma de que no lo fueran.
Y te encontré. Vos estabas con tus amigas y ninguna tenía un peso en el bolso. Estabas medio borracha, obvio, como yo. Me pareció, cuando te vi, que no habías podido meterte ni media raya en toda la noche. Sentí la sobredosis de suspicacia de tus amigas, ciñéndose alrededor de mi cuello, cuando me acerqué a tu grupo y te saludé, pero aquel momento era mi momento, no sé si me explico, y tus amigas no iban a poder defenderte de mí. Además, para que lo sepas, yo no tenía ni idea de que realmente ibas a necesitar que nadie te ayudara aquella noche. Yo tampoco quería joderte como acabé jodiéndote. Eso, al menos, tenés que creérmelo. Y cómo me gustaría que pudieras creerme en verdad, que tuvieras la opción de creer o de no creer.

—¿Cómo va la noche? —te dije.

—Hasta ahora, maravillosa —me constestaste, dejándome en ridículo incluso sin proponértelo

—A mí me falta algo —te dije.

—¿Ah, sí? —por un par de movimientos bruscos de tu cabeza me di cuenta de que alguna raya sí te habías metido; aunque todavía estabas con ganas, no había sido suficiente.

—Me la olvidé en casa —te dije, pasándome un par de dedos por la nariz.

Te vi pestañear, incrédula y nerviosa.

—Vamos —me dijiste.

Las amigas no respondieron tu saludo cuando les dijiste “me voy”. Yo ni me despedí de ellas, ¿total, para qué?

Viajamos en colectivo, la segunda y última vez que estuvimos juntos. Todo nos daba igual, ¿no te acordabas de eso? En el colectivo ya empezamos a transar: vos estabas borracha y yo también.

—No te zarpés, ¿eh? Mirá que es muy rica —te avisé cuando llegamos a casa.

Yo te avisé, te lo dije. Yo le compraba a un boliviano, obvio que era rica, re pura.

—Rajá, turrito, rajá —citabas una novela que yo aún no había leído. Años después, supuse que aquello había sido una premonición tuya de una película que todavía no había sido rodada. Después, bastante después, me di cuenta de que habías leído Los siete locos mucho antes que yo.

—Te digo en serio —insistí—. Ya vengo: me voy a echar un cloro.

Cuando salí del baño te vi ahí tirada, en el salón. Te habías mandado la raya más larga del mundo, vaya uno a saber qué carajo habías hecho. Cómo te puteé cuando te vi ahí muerta, despatarrada en la alfombra. Con tu vida, sencillamente, acabada. Y la mía jodida para siempre.

Te moví los hombros, te di un par de cachetazos para ver si reaccionabas, te grité, te rogé que no te murieras. Pero estabas recontra muerta. Tenías el papelito de merca atrapado en tu puño y los ojos abiertos.

Se me ocurrió que tenía que tirarte en cualquier lado y hacer como que nunca habías estado en mi casa. Se me ocurrió suicidarme. También se me ocurrió lastimarme con cualquier cosa y decir que me habías atacado y que me había tenido que defender de vos. Vaya uno a saber todo lo que se me ocurrió hasta que, por fin, se me ocurrió sentarme en el sillón, agarrarme la cabeza como si tuviera un ataque de migraña y decidirme a llamar a la policía, porque otra cosa no podía hacer si vivía en un departamento de Flores, rodeado de vecinos y sin siquiera tener un auto donde trasladarte debajo de una lona. Y si todas tus amigas nos habían visto irnos juntos.

Los patrulleros estacionaron frente al edificio a los diez minutos. Vinieron con las sirenas encendidas, pavoneándose, seguros de anotarse otro puntito.

—¿La merca se la diste vos? —me preguntó el oficial que estaba a cargo del operativo.

Te juro por mi vida que estuve a punto de decirle la verdad. Incluso, llegué a tomar aire para contestarle que sí, y apechugar.

—No, era de ella —el oficial no había podido disimular un rictus de avidez y de crueldad mientras aguardaba mi respuesta.

¿Qué querías que hiciera?

—¿Así que era suya, pendejo?

—Sí.

—¿Me estás diciendo que esta piba preciosa con estas tetas y este culo subió a tu departamento y la cocaína era de ella?

El oficial había entrado en el departamento y te había pegado un vistazo; después, casi no volvió a mirarte. Se plantó en medio del salón y me tiró sus preguntas sin dejarme otra opción que decirle la verdad, autoincriminarme. O eso creía él. Su angurria hizo que me dijera a mí mismo que me tenía que meter la lengua en el orto, que lo cerrara muy bien cerrado y que no dejara que me jodieran para siempre, ¿me entendés? El oficial me salvó. Tuvo que ser un mal karma, sus ganas de agarrarme, de cagarme.

—Sí, señor oficial.

—Ya veo.

Los policías inspeccionaban todo el departamento, hablaban entre ellos muy de vez en cuando y, coreografiados, cada tanto alguno me miraba unos instantes y se reía de mí.

—¿Cojieron, che?

—¿Cómo?

—¿Te cojiste a la piba?

—No, yo no, señor oficial.

—¿Sabés que le vamos a hacer una autopsia, no?

—Sí, señor oficial.

—Te lo cuento, porque si te la cojiste los forenses se van a dar cuenta fijo, pendejo. Como la piba está muerta, te vamos a acusar de violación.

—Yo no me acosté con ella, señor oficial.

—¿Vos sabés lo que le hacen a los violines en la cárcel?

—No, yo no hice nada, señor oficial.

—Ni siquiera vas a tener que esperar a que te manden a la cárcel. En la comisaría, también, van a haber unos muchachos ahí encerrados que ni te cuento. ¿Verdad, agentes?

Los policías que estaban más cerca del oficial le dieron la razón, sin dejar de tomar huellas, sacar fotografías, tomar apuntes, sin dejar de no darme pelota.

—Buenos muchachos, gente que dio un mal paso, nada más.

—Yo no hice nada, señor oficial, se lo juro por mi vida.

—¿Entonces la cocaína no era tuya? Mirá que si encontramos huellas tuyas en el papel, perdiste, ¿eh?

—Se lo juro por mi vida, señor oficial, se lo juro por mi vida. Ni siquiera sabía que ella tenía la merca.

Lo que pasó vos lo sabés bien. Me hicieron un análisis de sangre y constataron que yo hacía más de una semana que no tomaba, mientras que vos no habías parado de meterte rayas desde hacía no sé cuánto. En el papel no encontraron ni una huella mía, se ve que las tapaste con las tuyas, que la transpiración de la palma de tu mano me salvó. Constataron que ni había restos tuyos en mis genitales, ni míos en los tuyos, y disculpame que te lo diga así, pero esa es la forma en que lo describió mi abogado, y la expresión no la voy a poder sacar nunca más de adentro de mi cabeza.

Tuvieron que largarme. El oficial que llevó el caso me cruzó una vez por la calle y me aclaró que él estaba seguro de que yo te había dado la merca, pendejo hijo de puta; que si no, esa piba no subía a tu departamento ni mamada, y le volví a decir que yo no te la había dado. Después se llevó la mano al bolsillo interior del saco y pensé que me iba a matar; sacó una grabadora pequeña, funcionando. Se rió de mí.

—Tenía que intentarlo, pendejo de mierda —me dijo a modo de despedida.

A Máquina fue más sencillo convencerlo. Me miró muy fijo a los ojos, sin pestañear, y me preguntó que si la merca te la había dado yo, y que si era su amigo le tenía que decir la verdad. Le dije que no, mirándolo bien a la cara; rumió un poco el aire, sin quitarme la vista de encima, y después me abrazó.

—Te creo —me dijo, sencillamente.

¿Y ahora, en qué me convertí? ¿Sabés en qué? En una especie de Dante muy patético, muy pelotudo, enamorado de una mujer que vi unas pocas veces, nada más, y que encima está muerta, que se murió en mi casa. Yo no puedo decir que te maté yo, porque yo no te obligué a que te metieras una sobredosis, pero vos y yo sabemos que la culpa fue mía.
Lo peor es que hay momentos en que me asalta una lucidez dañina, masoquista, que me hace darme cuenta de que lo más probable es que te haya idealizado. O que, en realidad, te elegí porque sé que si ya no estás, significa que ya no podés ser mía ni yo ser tuyo, y entonces eso me deja tranquilo, asquerosamente tranquilo, sin exponerme a la incertidumbre de entregarme a nadie. Pero qué se yo, mi vida no es más que una paja mental. Una tras otra, sin descanso.

Lo único que sé es que cuando siento que estoy a punto de reventar tengo que venir al cementerio y llorar, confesarme ante tu lápida, contar los pétalos que aún penden de las flores siempre resecas que encuentro al lado de tu nombre.

Llorar y confesarme, y rogar que en esos momentos de debilidad no aparezca tu hermano detrás mío, escuchándome sin que yo me de cuenta de su presencia, porque sé que ese día alguna vez llegará y ahí se acabará todo.
Josella Playton 2012

miércoles, 24 de octubre de 2012

La luna brillando en el mar


Comenzamos con este los relatos de la tercera semana. Esta vez los estudiantes debían contar una historia con un narrador que fuera dosificando la información. El tema era totalmente libre. Os aviso que se han escrito auténticas maravillas. Comenzamos con este camino hacia el sur, hacia la libertad, hacia la hija y hacia el misterio. Un hermoso relato de Giulio Ferretto.
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Subió a su  Land Rover  Discovery y devoró la carretera pensando todo lo que podía hacer con su hija. No pensó en nada más. Estar con ella ocupaba sus pensamientos. Rafael  ya tenia sus años y no se había imaginado nunca que tendría a Matilda una niña divertida que le robaba el tiempo de su vida. Nada le impedía recordar, mientras el rover  volaba, a  Maria Catalina, su casi mujer que le había dado a la pequeña. Una mujer de una belleza jovial y extremadamente cuidadosa, inteligente. Ella se había dado tiempo para terminar su posgrado y aprovechaba la dedicación de Rafael  con Matilda para enseñar  que era lo que mas le gustaba. Con una debilidad por los aros de plata siempre le decía: ¡cómprame unos aros!, donde vayas.. eh, ¡acuérdate!. Y él no dudaba en recordar aquello y tal vez lo hacía  por el  amor tardío que le tenía. Era algo que él ya no se cuestionaba.
Los días de una tristeza casi cotidiana  ya eran cosas del pasado, porque Rafa - como le decían - ya se había decidido a  vivir y por eso ahora estaba en el asfalto. El cristal panorámico del rover pulverizaba de vez en cuando algunos insectos  y Rafael estaba en dirección al sur de su país. Su niña lo estaría esperando en una isla  grande llena de leyendas  y chilotes bonachones. Al menos nunca nadie había visto algo raro. Pero se decían cosas como en cualquier parte del mundo.  Piratas, imbunches, sirenas. Todo cuento de vacaciones, pensaba, pero algo le inquietaba. Era curiosidad, nada más.
 Ese verano la niña pasaba sus vacaciones después de un año de escuela intensa. La casa de la hermana de María Catalina la acogería como propio. Su verdadera madre no dudaba de los cuidados de su hermana y, de vez en cuando, un  iphone en vibración y, centelleando una foto con su madre, era la voz  metálica y satelital que le recordaba lo bien que tenía que portarse y que no debía alejarse de allí. En la isla vivían en una casa frente al mar, suspendida por unos palafitos, y era un hogar cómodo y tradicional, aunque a veces quedaba envuelta por una niebla extraña, pero común en esos lugares del sur. Matilda tenía  siete años  y pasaba los días  jugando en ese paisaje acogedor y veraniego. El sol de esos dias no le impedía  buscar e interesarse por las leyendas misteriosas de la isla. Rafael había tenido contacto con su hija periódicamente y sabía de esa extraña inclinación de su Matilda. No le gustaba tanto misterio y terror. A veces le costaba entender esa extraña condición de la niña. El jeep plateado se detuvo en una posada. Rafael quería comer antes de seguir y recostarse para no correr peligro. Tomó su mochila y entró. Un “mira niñita ay te voy llevar a ver la luna brillando en el mar” de los Jaivas lo recibió. La  sonrisa de un hippie renovado le pregunta cuanto se va a quedar. Era el dueño y lo hizo pasar. Comió con hambre. No  estaba cansado y el café lo mantenía bien. Esa noche  soñó con su hija. Despertó acordándose de algo que   ella le había entregado. Seguro que se le olvido o andaría arriba del jeep. Seguro que sería un dibujo. Esos del día del padre con letras desiguales que a él lo mataban de felicidad.

El Discovery saltó a la carretera y Rafael se concentró en ese dibujo, porque no quería  llegar y decirle a Matilda  que se le habia olvidado o no lo había visto. Le inquietaba esa idea. El paisaje cambiaba y el sur estaba encima. El verde insolente y las montañas lo llevarían directo al encuentro sin antes cruzar el estrecho. Era un paso obligado. No había puente donde estaba su niña. El rover seguía devorando la carretera y para Rafael era como su exoesqueleto de metal veloz que lo acogía y lo protegía. Disfrutaba  manejar una máquina perfecta brillante conectada con su sueño de libertad tardía. Una niña colorida de la edad de su hija en un auto japonés le hace una seña y le recuerda el dibujo.  

Dónde estará. Cresta donde estará. Pensaba. El bluetooth del rover suena trayendo la voz entrecortada de Matilda: - ¡Papá!... ¿dónde estay?....el paisaje le roba la señal del  jeep y Rafael no alcanza a contestar y  grita por el micrófono diminuto  como queriendo atrapar el sonido de su hija. El rover  no se detuvo  y enfiló silenciosamente más veloz que nunca al  embarcadero. Ya estaba casi encima del mar. Bajaría y estaría a un salto de su hija. La llovizna y el viento aparecen como una cortina sobre el rover. Era normal. Rafael sabía que era así. 
El estrecho sureño  lo recibe  y el jeep enfrenta la orilla. El todoterreno posa su ruedas en el ferri de metal húmedo y oxidado. Un salto y ya está, pensó. Un hombre moreno y forrado con traje de plástico amarillo le hace una señal  para que mueva el rover más adelante, tenía una cara dura y extraña. Le llamó la atención su jockey negro con la insignia de los Pirates. Era el último viaje del ferri y sólo había tres autos.  El ferri se soltó del embarcadero, el mar se haría cargo ahora. Desde la orilla sobresalía imponente el Land Rover que  se sumergió lentamente  en una niebla misteriosa como si se lo tragase para siempre   el estrecho tal como lo había dibujado ese día Matilda cuando le contaron la leyenda misteriosa  del barco fantasma chilote. 
Giulio Ferretto 2012 

Cuando despertó, yo ya estaba allí


En este relato, Silvia Cámara nos ofrece la versión previa de lo sucedido, la historia perdida sobre la que se forjó el mito

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 Voy a contaros la historia real, la fiable, tal y como sucedió, sin trampas ni mentiras, la que le conté a mis nietos, porque he sabido que estos la han escrito de otra manera, la han contado como a ellos les convenía,  estoy muy mayor y no quiero morirme sin que se sepa la verdad.

Hace mucho tiempo, cierto capataz duro, al ver que no conseguía lo que pretendía, hizo cosas muy crueles. Por eso es preciso que escuchéis con atención. Quiero que mis descendientes lo sepan todo y puedan ver con sus propios ojos el mundo, que lleguen a la realidad desde el saber y el entendimiento, no desde la manipulación. Así que os la contaré desde el principio de los tiempos.


En la temporada de la vendimia, fue cuando los conocí. Ella una gran dama y él un gran Señor. El caballero parecía haber leído mucho y saber de todo, hablaba con los hombres elegantes de su alrededor sobre temas como que la tierra gira alrededor del sol, o de dónde proviene la Creación...

La esposa era bellísima, con una gran melena negra hasta la cintura, de piel blanca y lisa y unos ojos azules con aspecto de pena. Siempre iba muy bien vestida, provenía de una  familia adinerada y de gran prestigio, pero pese a las advertencias no pudo escapar de esos brazos fuertes, ese cuerpo cultivado, esas manos grandes y esa cabellera morena ondulante. Aquella mujer hubiese podido tener a cualquiera, hombres muy importantes y ricos le habían ofrecido todo por estar con ella, pero ella se mantenía Virgen para uno solo , para aquella barba que veía cada día trabajando con sudor.

La bellísima dama hacía a sus siervos que pasasen por el comercio de aquel hombre para encargar muebles que no necesitaba: primero fue una mesita, después una mecedora, más tarde una cama… tenía una gran habitación llena de muebles que no usaba y que le servían de pretexto para verlo. Lo último que le encargó, fue una cuna, ya sabían ellos dos para que la necesitaban.   Tuvieron un niño, después otro…y con ellos la vida se volvió más rutinaria, menos apetitosa y un poco más aburrida de lo habitual. El Señor se entretenía haciendo figuritas de barro y ella se pasaba el día poniendo a secar esas figuritas. O eso me contaron las criadas.

Todos sus hijos se habían  ido a estudiar fuera, pero el Primero, se quedó allí, en aquel lugar idílico; porque le gustaba estar en contacto con la naturaleza, estudiar las plantas y disfrutar de la vida contemplativa.

Yo había ido con mis padres y mis hermanos para trabajar en la recogida de la uva, íbamos a todas las cosechas que había durante el año y luego descansábamos cuatro meses. Trabajábamos doce horas al día, nos levantábamos bien temprano, antes de salir el sol, nos poníamos un delantal y un pañuelo en la cabeza, cogíamos nuestras tijeras, nuestro canasto a la espalda y pasábamos todo el día doblados para recoger los racimos lo más rápido posible. A veces hacíamos competiciones, otras simplemente pensaba en lo cansada que estaba de llevar esa vida, de no tener un sitio fijo, de no tener tiempo para leer o conocer más mundo, pero todo eso se perdía, se me olvidaba cuando levantaba el cuerpo  y con  una mano apoyada en la frente tapando el sol y la otra en los riñones, veía aquel lugar lleno árboles, con la frescura del río, los cantares de los pájaros y el verdor de aquel inmenso sitio.

Mientras disfrutaba de las vistas, vi venir al Señor , venía acelerado, gritando y haciendo gestos de fastidio con la mano, parecía que alguien se iba a llevar una gran bronca, venía hacia nosotros como un energúmeno, pataleando, quitando hojas de las viñas que se encontraba a su paso, dando puntapiés y pataletas …tanta era la rabia ,que no se dio cuenta que un empleado se levantaba en ese mismo momento con su cesta a la espalda para llevarla al camión y recibió de pronto un golpe en las narices tan brutal que todos creíamos que lo había matado, yo por el sonido afirmaba que algún hueso se le había roto. Al chocarse el caballero, se desplomó en el suelo y no pude hacer otra cosa que ir a socorrerlo. Cuando despertó, yo ya estaba allí, mojándole la frente con un paño para que se repusiese del golpe.

-¿Te has hecho daño? Le pregunté.

-No, chiquilla, no te preocupes ¿Cómo te llamas?.

-Eva, Señor, me llamo Eva.

-¡El nombre de la creadora de todo ser viviente!. Me dijo. ¡Qué bien suena! ¡Qué bien huele! Y que bien me hace a la vista.

Lo levantaron y lo llevaron a  su casa aturdido, acompañado de algunos empleados, tapándose las narices con la mano, pero sin dejar de mirarme.

Al día siguiente, antes de que empezásemos la jornada, mandó a su hijo para darme las gracias de parte de su padre y para ofrecerme un paseo matutino, porque aquel día, según su padre, no podía trabajar la mujer que le había salvado la vida.

Cogimos unos caballos y paseamos por la orilla del río, yo notaba que eso era algo raro porque nunca me había ocurrido nada parecido y porque ciertos ruidos nos acechaban por el camino, aunque él decía que eran ardillas.

Nos bajamos de los caballos y nos sentamos bajo un árbol. Él me contó una leyenda, sobre que ese árbol era el árbol de la ciencia del Bien y el Mal, que por eso le salían las raíces tan pronunciadas y largas y que se decía que sus frutos eran prohibidos, que darían más dolor en los embarazos a las mujeres que los comiesen y hambre y trabajo a los hombres si también caían en la Tentación.

Y yo le pregunté:

-¿Pero si no trabajamos hombres y mujeres,  si no tenemos hambre y no nos duele el cuerpo al desgarrarse una parte de él, como sabremos lo que es el esfuerzo y la satisfacción de conseguir aquello por lo que has luchado?¿Qué haremos cuando llevemos tres meses paseando y adorando al cielo?¿No nos aburriremos?

-No lo sé. (Me contestó). Yo desde que vine a este mundo no conozco nada de eso y tampoco he probado a comer nada de este árbol, no vaya a ser que cambie la suerte. ¿Tienes hambre?. ¿Quieres venir a casa a comer?

-Pero como voy a ir, si no conozco ni tu nombre.

-Está bien, te lo diré, pero no tienes que hacer bromas con él.

-No las haré, te lo prometo.

-Es Adán, me llamo Adán.

-¡Pero si nosotros somos los verdaderos protagonistas de la Tierra!¿Cómo no nos  habíamos encontrado antes?

-Dijiste que no harías bromas con mi nombre.

-No las estoy haciendo, las estoy haciendo con  el de los dos.


La verdad es que aquel chico me gustaba, no era como los que había conocido antes, no tenía las manos trabajadas, su piel era más blanca y no escupía al hablar.

Al llegar a su casa un saludo efusivo de su padre hizo que desviase la atención de la visita que allí nos esperaba, Lilith ,  la novia de Adán. Estaba sentada en un sillón con respaldo de paja . Cuando nos vio entrar cruzó las piernas de tal manera que nada guardó de lo que el vestido blanco transparente dejaba al descubierto.

-¿Qué has ido a comer del árbol prohibido con esta campesinucha? Dijo ella sobresaltada.

-No Lilith, solo hemos dado un paseo de agradecimiento, porque,  porque verás, a mi padre ayer…

-No me cuentes nada más, no quiero saber  nada. O sea, que llevo esperando toda la vida para ir allí ¿ y ahora te vas con la primera que conoces? . Pues sabes que te digo, no te aguanto más, me voy, ahí te quedas con tu Paraíso, tu ideal de amor puro y el espíritu santo. Yo me voy a buscar otra clase de amor.

Movió su inmensa cabellera roja para otro lado y se fue con su túnica vaporosa y sus transparencias. Luego supe de ella que no acabó muy bien allí por el Mar Rojo.

Al día siguiente el joven Adán volvió a venir en mi busca y me propuso que trabajase en su casa, que lavaría, fregaría, haría de comer, ayudaría en las tareas… y yo le dije:

-Pero, ¿no hay nada mejor que hacer para una chica de mi edad?

-¿Qué puedes hacer? Me preguntó.

-Todo lo que me proponga, le respondí.

-¿Te gustan las plantas?

-Si, mucho.

-Pues hablaré con mi padre para que deje que vengas conmigo, yo seré tu Maestro y tú serás mi Discípulo.

- Dirás Discípula, aunque ahora que lo pienso, no conozco a ninguna Discípula femenina, de los Doce que he escuchado hablar todos son hombres. ¡Seré la mejor!

Su padre no pensaba que fuera muy buena idea, pero como le dijo que sería al aire libre y que darían largos paseos, no le pareció tan mal. Nos puso un estudio de botánica y me dijo que ahora tendría que dormir allí, para que las preocupaciones de los trabajadores no me afectaran y que así serviría de compañía a su hijo que tan solo y aburrido se encontraba.

<<¿Compañía de quién? ¿Qué pensaban que era un perro?. Yo estaba allí para aprender, para entender cosas del mundo.>>

Eran principios de Octubre y la vendimia estaba llegando a su fin, el padre de Adán me propuso quedarme un tiempo más como ayudante de su hijo, pero para quedarme en aquel Paraíso tendría que dejar lejos a toda mi familia y a todos mis amigos, aquel lugar estaba muy apartado.

Al fin , acepté,  despidiendo a mis padres y hermanos con un gran dolor en el corazón.

Y tan , tan apenada estaba aquel día que Adán me propuso ir a dar una vuelta , para ver si el aire fresco me reanimaba y daba un poco de calma a mi tristeza, mientras íbamos paseando y por hacerme una broma que me alegrara, se desnudó y se metió en el río chapoteando;  yo, en un estado de esa felicidad que se produce después del llanto también lo seguí, me quité el pañuelo y la melena pelirroja cayó sobre mis pechos blancos. Después de las risas, él se acercó lentamente y me ofreció una fruta, la fruta de aquel árbol con leyenda, la fruta prohibida , una manzana de coloradas mejillas, brillante y apetitosa; la comimos entre los dos, un bocado él, otro bocado yo  y nos quedamos  tumbados, mirando al cielo, y buscando aquellas formas en las nubes que dicen  representar los sueños.

De pronto, se oyeron unos ruidos y salió su padre de entre los arbustos, tapamos en seguida nuestras vergüenzas con las primeras dos hojas que encontramos, pero de nada sirvió. El  Señor cogiendo a su hijo del brazo y llamándole depravado, le dijo que él no quería estudiar, que lo que pretendía era otra cosa con aquella pobre chiquilla, pero que no lo iba a conseguir, mañana mismo se iría a estudiar con sus hermanos y ni una palabra más.

No volví a ver a Adán, escuché unas ruedas que chirriaron sobre el asfalto en plena madrugada y supe que era mi amado botánico.

Me quedé esperando alguna carta y entré a formar parte del servicio del hogar, el desarrollo del conocimiento se acabó cuando se acabó la  compañía inocente del hijo y llegó la imposición de un inseguro hombre necio.

Un día entró en aquel jardín colonial que él mismo había encargado construir para sus hijos, mientras yo revisaba que las barandas y los muebles estuviesen limpios. El calor de aquel día era insoportable, parecía que nunca iba a llegar el invierno y las gotas de sudor me caían por el pecho sin Piedad . El Señor vino a ver qué tal me iba,  aunque realmente no le importaba, lo único que le importaba era declararme su “amor”. Dijo que todo lo que había hecho era para estar siempre cerca, siempre conmigo, que sabía que yo era virgen como su esposa lo había sido y que esperaba el momento idóneo para estar conmigo, dejarlo todo e irnos, pero que temía que su hijo en alguno de aquellos días la hubiese obligado a hacer cosas que no quería,¡ hasta un hijo había sacrificado por aquel amor! , me Confesó.

Me quedé sorprendida; creía que realmente ellos me valoraban y que no me habían dejado leer historias de amor, de aventuras ni de ciencia (a no ser que fuera de plantas) para que no sufriera con ello; pero ahí lo vi claro,  lo que no querían era que yo me diese cuenta que hay maridos que engañan a sus esposas, que hay hermanos que se traicionan y que en esos libros hablan de las mujeres como si fueran una propiedad.

Bajé la cabeza un momento para pensar en todo lo que me estaba sucediendo, y vi como una Serpiente se deslizaba por entre las sillas, pegué un grito y me fui corriendo hacia la puerta del jardín que daba entrada a la casa. Le dije al Señor que me iría de allí enseguida y que no lo quería volver a ver nunca más.

Pero todo el orgullo se deshizo cuando al entrar en casa vomité como nunca lo había hecho, al día siguiente también, y al otro y al otro…, al darme cuenta de lo que pasaba acepté la propuesta del Señor y quedé bajo su tutela hasta que nació Caín.

Caín trajo consigo la desgracia, y junto a ella el Pecado que realmente condenó a la humanidad: LA ENVIDIA.
Silvia Cámara 2012