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viernes, 9 de noviembre de 2012

El vecino impasible

Os presento el tercer relato de Mara Cabello. En él iremos averiguando cosas sobre su extraño vecino a la vez que la atribulada (y expectante) protagonista.

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Sus dedos delgados e inquietos golpeaban con suavidad el teclado, aunque a una velocidad inusitada, y a pesar de las largas y adornadas uñas, sorprendentemente no cometía ni una sola errata. Sus ojos castaños avanzaban con rapidez de una línea a otra del documento sujeto en un elegante atril y su melena lisa recogida en una graciosa castaña dejaba ver su largo cuello erguido.

Sara trabajaba incansable cada día en aquella empresa de informatización de archivos desde hacía dos años. Le gustaba su trabajo, era muy buena en lo que hacía y nunca le había preocupado que otros fueran ascendidos a cargos de mayor responsabilidad con salarios y privilegios que serían la envidia de cualquiera. Tenía todo lo que necesitaba para vivir con comodidad.

Llegó al final de la página y sus manos veloces procedieron a pasar la hoja. Ya no quedaban más. Aquel documento estaba listo y era la hora de su merecido descanso de la mañana. Sus pies descalzos buscaron los zapatos y su delgada silueta se contoneó sobre los elevados tacones hasta la cafetería. Conversación banal, risas comprometidas y un café con leche. Quince minutos más tarde se encontraba ante un nuevo archivo y aquellos laboriosos y agitados dedos se movían frenéticos mientras su vista se deslizaba sobre el papel.

Nada la distraía de su tarea; ni las hermosas palomas que se detenían en el alféizar (su ventana), ni la sirena de la ambulancia, ni la repetitiva alarma de un coche. Tal era su concentración que no respondía a los compañeros  que se despedían (y que la llamaban cariñosamente “la teclas”); “Que pases un buen fin de semana, Sara”, “No trabajes tanto”, “Buenas noches”. Y sin ningún tipo de rencor se alejaban por la puerta dejando atrás un silencio muy particular. El sonido de las teclas al ser presionadas se escuchaba incluso desde el otro lado de la planta.

Transcurrió el fin de semana con el incómodo ajetreo de un nuevo vecino que se instalaba en la apacible vida del rellano del segundo piso. Hasta ese momento no había tenido que compartir pared con nadie, puesto que aquella vivienda pareja a la suya había sido adquirida como inversión y los dueños, cansados o vencidos por el inmovilismo del mercado decidieron alquilarla. Observaba por la mirilla con discreción curiosa con el temor de que de un momento a otro aquel joven la descubriera cotilleando como una vulgar vieja ociosa. Golpes de martillo, un taladro, muebles que son arrastrados, y más ruidos chirriantes se sucedieron durante dos interminables días.

Por fin llegó el lunes y puntual se dirigió a su mesa dispuesta a atacar el ordenador como era habitual. Con paso decidido sus tacones acotaban distancias con su escritorio. Aún con el abrigo y el bolso sobre su hombro sus piernas se detuvieron repentinamente frente a la ventana. Habían colocado una enorme valla publicitaria al otro lado de la calle, justo delante de ella. Pestañeó repetidamente y fijó su vista en aquel imponente cartel de una marca de perfume. Un joven de cabello rubio, penetrantes ojos pardos, con carnosos labios que dibujaban una sonrisa arrolladora, sujetaba, levantando sus brazos vigorosos, el envase de aquel producto. Su torso desnudo y esbelto demostraba que era un cuerpo bien ejercitado.
Aquel rostro la observaba, pero también a ella le costaba apartar la vista de aquella mirada. Le resultaba extrañamente familiar.

Dispuso el nuevo archivo en el atril e inició su rutina dejando que sus manos ágiles se desplazaran casi con especial ternura sobre las teclas. Como un pianista que sigue una partitura que despierta una pasión intensa, su cuerpo se estremecía recordando los ojos verdes que tenía justo en frente. Sentía como si un descarado e indiscreto espía tratara de seducirla y notó como un cosquilleo recorría su cuerpo. De pronto sus dedos se volvieron torpes y, por más que se esforzaba en recuperar el ritmo, sus pulsaciones eran cada vez más lentas y menos precisas. Visiblemente nerviosa frotó las manos sobre su falda y cerró los ojos mientras respiraba profundamente, pero no le sirvió de nada. Era incapaz de concentrarse y todos sus compañeros percibieron que algo no iba bien cuando la oían gritar “¡Mierda!”, y de nuevo, “¡Mierda, mierda, mierda!”.

Aunque había aparcado a escasos metros de casa, al otro lado de la calle, pero sin paraguas con el que cubrirse y con tacones con los que no podía correr, era una ecuación que garantizaba un resfriado. La lluvia arreciaba con fiereza y la calle asemejaba un canal veneciano aunque de un palmo de profundidad. Por fortuna aquella mañana había decidido ponerse botas, lo que no era tan oportuno era el afilado tacón de las mismas, más cuando debía caminar por las húmedas aceras. En realidad, correr, pues no había previsto era aquellas intensas precipitaciones y sentía como su ropa empapada se ceñía a su cuerpo.

Entonces lo vio. La luz de las farolas alumbraban una silueta que con paso tranquilo se aproximaba a la portería bajo un inmenso paraguas. Reconoció al recién instalado vecino y desesperada como estaba proyectó su voz tanto como pudo, entre rayos y relámpagos sobrecogedores, y mientras agitaba sus brazos gritó “¡Oyeeeeee!”, “¡Esperaaaaaa, esperaaaaaaaaaaaa!”. Su grito se perdió entre relámpagos y espantosos truenos mientras su nuevo vecino, avanzaba impasible con paso tranquilo bajo un enorme paraguas con la vista fija en su móvil. Parecía ciertamente abstraído en algo muy interesante pues con su única mano libre podía teclear con un ritmo frenético. Y cuando ya se daba por vencida, él se giró y la miró fijamente. Su rostro, iluminado por la intensa luz de la farola, parecía confuso. Pero mayor sorpresa fue para ella descubrir en él al principal responsable de haber perdido el norte ese día. Sin duda, aquella mirada y aquellos labios eran los mismos que contemplara en la valla publicitaria. Y ante su atónita mirada, boquiabierta como estaba, vio como de nuevo se daba la vuelta y con un gesto impasible él introducía la llave y accedía al edificio. Indiferente a la voz de “¡Espera! ¡Espera!” y sin mirar atrás, desapareció.

Sus pies se aceleraron intentando alcanzar el portal a tiempo pero la puerta se cerró en sus narices. Se sentía confusa, juraría que él la había visto con toda claridad, aunque no podía estar segura de ello. Para colmo no encontraba sus llaves y el agua caía sin pausa sobre su figura calada hasta los huesos. Sus manos nerviosas revolvían el aparatoso bolso: móvil, maquillaje, monedero, caramelos, paquete de pañuelos, libro de bolsillo, boli, libretita, “¡Maldita sea!”. Justo en el instante que más desesperada estaba escuchó el zumbido estridente del botón que activa la apertura del portal. Atónita y agradecida empujó veloz la puerta. Suspiró aliviada ya en el interior y tres estornudos solemnes y continuados resonaron con fuerza. Y como si estos le devolvieran la claridad a su mente y cuerpo fatigados se preguntó quién le habría abierto la puerta. Eran muy pocas viviendas en el edificio, y solo cinco estaban habitadas en aquel momento. Cualquiera de los ya conocidos se hubieran manifestado a través del videoportero, sin embargo, quien quiera que lo hiciera no se molestó en decir nada. <<¿Habría sido él?>>. Se dirigió lentamente hacia el ascensor dejando a su paso un charco. Sin duda la del 1º izquierda iba a montar en cólera en cuanto viera aquello. Pero ahora no tenía tiempo ni energía para pensar en ello. De repente, se le ocurrió que era buena idea comprobar en el buzón el nombre del joven apuesto. Allí estaba, 2º izquierda, David Brull.

Al llegar al rellano pensó que sería un detalle agradecerle que la hubiera salvado de una pulmonía, y de paso ofrecerse como buena vecina por si algún día necesitara sal, aceite, un limón y esas cosas. La imagen del anuncio, de su torso desnudo y sensual le golpeó de nuevo y su cuerpo se estremeció al tiempo que se ruborizaba. Cambió de idea y entró en casa.

La mañana siguiente amaneció soleada, aunque Sara sentía que le dolía todo el cuerpo, de hecho tenía unas décimas de fiebre, por lo que llamó a la empresa para avisar que estaba enferma y que se incorporaría cuando mejorara. Se preparó una buena taza de café con leche y salió al balcón. Le encantaba sentir en  sus manos el calor de aquel desayuno. La gente salía a comprar el pan, algunos jóvenes con sus mochilas caminaban hacia el instituto, algunos padres o madres acompañaban a los más pequeños al colegio, y los que aún tenían un trabajo al que dirigirse salían de sus casas o de sus garajes precipitadamente.

Escuchó un ruido en el rellano, una puerta se cerró con firmeza, y a continuación el sonido de unos pasos que se alejaban escalera abajo. Debía ser él, así que decidió permanecer expectante para verle salir a la calle. Apenas un minuto después, allí estaba. Lo vio subir a un turismo blanco y alejarse hasta desaparecer en la maraña de tráfico de la avenida que cruzaba. Decidió descansar apaciblemente para recuperarse lo antes posible, dormir, quizá soñar, incluso fantasear con el vecino de sonrisa cautivadora.
“Piiiiiiiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiii, piiiiiiiii”. Un claxon atronador llegaba hasta sus oídos. Se incorporó de la cama aun aturdida y se asomó a la ventana de la habitación. Ya era mediodía. “Piiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiii”. Al otro lado de la calle un señor con evidente enfado increpaba desde su furgoneta de reparto de frutas y verduras al conductor de un coche blanco que, impasible, permanecía aparcado en doble fila impidiéndole salir. Era el chico modelo, el vecino misterioso. “Piiiiiiii, piiiiiiiii”. La indiferencia con que le pagaba no hacía sino aumentar su rabia, así que bajó la ventanilla y sacó la cabeza mientras voceaba con toda la fuerza que sus pulmones le permitían: “Ey, cabróoooon”. “Piiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiii”, “¡Que te apartes coñoooo que llego tarde!”, “Piiiiii, piiiiii”, “¡Te voy a partir la cara si no te apartas!” Sara entonces se dio cuenta de que, aquel a quien amenazaba era su vecino. Reconoció aquel semblante sosegado de la noche de lluvia, cuando él la miró después de llamarlo y la ignoró. Aquella escena no preveía que fuera a acabar bien… ¿Por qué no se apartaba simplemente? ¿Qué se había creído? Demostrado estaba que, aunque atractivo no le faltaba, chulería tampoco. Eso de ser modelo, por lo visto, se le había subido a la cabeza. De repente, el hombre desesperado abrió la puerta y, tan rápido como su voluminoso cuerpo le permitió, se dirigió con furia al otro lado para enfrentarse a aquel impertinente. Golpeó, repetidas veces, con el puño en la ventanilla, alterado como no había visto a nadie en mucho tiempo. Sara contemplaba atemorizada la secuencia. El enorme cuerpo del verdulero, que le daba la espalda, le dificultaba la visión de la secuencia final. Y justo, en aquel instante en que pensaba que aquella cara bonita acabaría destrozada, sucedió algo insólito e increíble. “Perdona, perdona. Yo, yo, … yo, no lo sabía”.  Titubeó el hombre de la furgoneta. Una mujer de unos ochenta y tantos años, acompañada de su nieta, se introdujo en el turismo con dificultad. Seguidamente, circuló calle abajo con la misma naturalidad con que lo hiciera a primera hora de la mañana. El frutero, avergonzado, volvió al vehículo y por fin inició su marcha. No podía entender qué había sucedido para que el hombre se doblegara de esa forma.

Pasaban los días y Sara seguía atrapada en su ensimismamiento. Aquella sonrisa cautivadora que la vigilaba cada jornada, desde el cartel frente a su despacho, la perseguía en sus ensoñaciones. Hasta tal punto que se esforzaba en coincidir con él haciendo cosas absurdas, que si le preguntaran siempre negaría.

Como aquella vez en que estuvo esperando dentro del coche cerca de dos horas, mientras leía un libro, a que apareciera por la esquina. Se acercaban ambos al portal, tal y como había previsto, para que, de manera fortuita tuvieran un encuentro en el que necesariamente deberían decirse algo, aunque fuera una de esas conversaciones banales que se tienen sobre el tiempo en el ascensor. Pero, justo en preciso instante en que ambas miradas iban a encontrarse, una joven madre con su recién nacido, dormido plácidamente en el carro, se interpuso y alcanzó la puerta interrumpiendo ese ansiado momento. Era la hija de la vecina de abajo, que con gesto inquisitivo se llevó el dedo índice a los labios para indicarles que no hablaran, pues no quería que disturbaran el descanso de su querido retoño. Él y ella se miraron, compartieron una sonrisa cómplice, y avanzaron todos con sigilo hasta el ascensor, donde finalmente él no subió por el limitado espacio que dejaba el cochecito. Entonces, sucedió algo extraño de nuevo. Un chachachá sonó desde el interior del bolso de Sara. Apurada rebuscaba el teléfono mientras el bebé se  removía en su capazo, a punto de estallar en llanto, y la madre la miraba atónita, él, cerró con sumo cuidado la puerta del ascensor, como si temiera que el portazo pudiera perturbar el dulce dormir del bebé más de lo que ya lo había hecho ella con aquella llamada. A través del cristal las miró llevándose el  dedo a la boca, como hiciera la madre momentos antes, pidiendo silencio. Definitivamente, pensó que era muy raro.

Al menos le había devuelto la sonrisa, pensó que la espera no había sido del todo en vano, a pesar de que no pudieron intercambiar ni una sola palabra.

Pero la sensación de que algo diferente había en él no se la quitaba de la cabeza.

Era sábado por la noche, y la puerta del piso vecino se abría y cerraba sin cesar. Ascensor, pasos, puerta que se abre, puerta que se cierra, silencio. Ascensor, pasos, puerta que se abre, puerta que se cierra, silencio. Carcajadas. Silencio.

Se sentía intrigada por aquel misterioso ajetreo. Además, no escuchaba el timbre, así que Sara llegó a la conclusión de que cada vez que llegaba alguien debían tener algún código secreto para que le abrieran. Se armó de valor, después de tantos días había llegado el momento de tomar la iniciativa. Salió al rellano y llamó al timbre, pero este no emitió ningún sonido. No había sido buena idea, quedaría en evidencia, y, además, probablemente se había arreglado demasiado y llamaría la atención en exceso. Justo cuando estaba a punto de entrar de nuevo en casa la puerta se abrió. Él le sonrió abiertamente, sin duda no era puro formalismo, en su mirada se percibía la alegría sincera de quien recibe una grata visita. Entonces, vio algo que la dejó estupefacta. No podía creer lo que veía, era incapaz de pestañear, y su boca permanecía abierta reflejando lo insólito para ella de aquella escena. En ese momento lo comprendió todo: por qué su actitud impasible ante el chófer agresivo, también de aquella noche en que le gritó pidiendo su ayuda, ¡y su gesto de silencio con el bebé cuando el móvil sonaba escandalosamente!

En el salón, tras la puerta, un grupo de amigos charlaban animadamente, en un continuo silencio, que se interrumpía ocasionalmente con alguna carcajada. Sus manos se movían grácilmente con una serie de gestos incomprensibles para ella. Aquella noche supo que, las cosas no siempre son lo que parecen, y además aprendió, a ver una voz. La de aquel grupo de amigos sordos que desde aquel momento entraron a formar parte de su vida.
Mara Cabello 2012

lunes, 29 de octubre de 2012

Nada es lo que parece


Mara Cabello nos ofrece su particular versión de un cuento tradicional. Simplemente cambiando la tercera persona por la primera, se obtienen nuevos matices insospechados.

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Escuché un crujido estremecedor sobre mi cabeza. Mi pequeño cuerpo, arremolinado y encogido se había despertado súbitamente. Mi cuello se estiró impulsando mi cabeza a lo más alto. De nuevo aquel sonido ensordecedor golpeó mis oídos. Quise abrir los ojos pero una luz muy intensa me obligaba a cerrarlos de nuevo. Estiré mis extremidades entumecidas y traté de proteger mi rostro del calor del sol. La oscuridad en la que había permanecido tanto tiempo me impedía adaptarme a mi nuevo entorno. Más ruidos. Voces extrañas. Percibí una enorme agitación y movimientos inquietos a mi alrededor. Sentí la tentación de volver a mi escondite, a aquel cobijo cálido, pero se había hecho añicos, ya no era posible. Parpadeé una y otra vez, hasta que finalmente pude mantener mi mirada fija en un punto. Me sentía aterrorizado, no sabía dónde estaba ni quiénes eran aquellos que me observaban con tanto detenimiento. Podía sentir sus enormes ojos clavados en mí. Parecían sorprendidos. Eran cuatro criaturas de una estatura similar a la mía.

Sentí como uno de los más pequeños me observaba con temor. Entonces, se acercó a mí una figura maternal, idénticos sus rasgos a los de aquellos diminutos seres pero de un tamaño mucho mayor y de expresión magnánima. Me transmitía una ternura indescriptible y su mirada me serenó. Se aproximó a mí muy despacio, intuyendo mi horror, y me rodeó suavemente. Por un momento sentí que había vuelto a ese lugar oscuro, pero acogedor, donde había permanecido tanto tiempo.

Cuando mi cuerpo se vio liberado sentí la necesidad de echar a correr, agitarme y gritar como instantes antes habían hecho las demás crías. Dejar que mis sentidos estallaran. Me sentí torpe. Perdía el equilibrio cada vez que aceleraba el paso, aunque cinco minutos más tarde caminaba con tanta destreza como los demás. Era divertido tener con quien jugar, aunque por alguna razón que desconocía percibía una actitud diferente con respecto a mí. “¿Estaré haciendo algo mal?”. Nos perseguíamos unos a otros dando saltos, unos más hábilmente que otros.

La que llamaban “mamá”, nos indicó que la siguiéramos. Sin duda, aquella actividad frenética y agotadora bien se merecía una zambullida agradable. Ninguno de los cinco protestamos. Sabía que algo iba mal, intuía que, aunque se esforzaran, me trataban diferente. Como si de un ejército disciplinado y jovial se tratara avanzamos por la fresca hierba en una perfecta hilera que yo cerraba con mi paso enérgico y orgulloso. “Mamá” se adentró en las cristalinas aguas del lago y nosotros seguimos su ejemplo.

Con perfecta armonía nadábamos entre juncos, recorriendo un camino que quedaba dibujado a nuestro paso para desaparecer segundos más tarde. Entonces me detuve a contemplar aquel paisaje primaveral y florido, mientras los demás se sumergían buscando traviesos peces.

Mi mirada se detuvo en aquellas aguas claras. Observé una imagen desconocida reflejada en ellas. Aquella extraña figura me seguía allá donde fuera. Un calor sofocante recorrió mi pequeño cuerpo. Levanté mi extremidad derecha cubierta de aquel plumaje, que observaba por primera vez. Lo mismo hice con la izquierda. Mi boca era sin duda más larga que la de los otros, que tenían de picos más redondos y cortos; mi cabeza, mucho mayor y desproporcionada en relación al cuerpo; las cuencas de mis ojos más oscuras; y mis patas diminutas remaban incansables con gráciles movimientos.

En aquel instante descubrí porqué todos me habían mirado sorprendidos y asustados cuando llegué a este mundo. Era algo insólito en medio de aquel clima armonioso, donde todos eran iguales. Logré integrarme en aquella rutina, pues podía realizar cualquier cosa que me propusieran sin dificultad.

Sin embargo, no me sentía feliz. Admiraba su belleza de de la cual yo carecía, y en silencio me lamentaba de mi singular aspecto. La situación empeoró cuando empezaron a comportarse cruelmente conmigo, ignorándome, marchándose sin avisar y aludiendo a mi aspecto: “¡Qué feo eres!”, me gritaba uno mientras los demás se reían y regodeaban.

Así pues, una noche, mientras dormían plácidamente, decidí desaparecer y alejarme de ellos.

Estuve vagando por parajes inquietantes, pasé frío, miedo y hambre. Sobre todo, añoraba el calor de aquella madre, que, aunque yo no fuera su hijo, me había aceptado y cuidado como a uno más.

Me lamentaba por mi soledad, veía a otros animales que convivían dichosos en familia, y me sentía cada vez más solo y afligido. <<Tal vez, me precipité abandonándoles. Ahora, probablemente moriré congelado, hambriento y solo>>.

En estos pensamientos estaba cuando dos niños me encontraron, escondido entre plantas admirando las preciosas aves que se alejaban sobrevolando por el cielo en busca de tierras más cálidas durante el crudo invierno.

Mi pequeño y débil cuerpo agradeció el calor de aquel hogar. Los estornudos remitieron gracias al fuego de la chimenea que calentaba aquel espacio.

Eran dos hermanos, un niño y una niña, quienes con cariño y emocionados jugaban cada día conmigo. En ocasiones me lanzaban al aire o me dejaban en lo alto de un armario y me animaban a saltar y volar. Aunque a veces me hacían daño, sin querer, me sentía feliz y agradecido. Nadie me gritaba que era feo.
Llegó de nuevo la primavera, y salimos a jugar al prado junto al lago.

Recordé aquella época en la que viví con los otros patos que me insultaban.

Un día, estaba contemplando como unos cisnes hermosos nadaban elegantemente. Sentí una enorme envidia. Seguro que ellos nunca habían sufrido ningún acoso por su aspecto. ¡Eran tan espléndidos y radiantes!

Me acerqué a la orilla para observarlos mejor, y, de repente, observé cómo una imagen desconocida que se reflejaba en aquellas aguas me miraba con gesto sorprendido. ¿Era una alucinación? Contemplé la preciosa figura de un cisne blanco, de elegantes plumas, cuello esbelto y con un donaire apuesto y gallardo aparecía en el reflejo de las aguas límpidas. ¡Era yo!

¡Me había convertido en una de las más agraciadas criaturas de la naturaleza!

Los demás cisnes, admirados, por mi porte, me acogieron con afecto y entusiasmo.

Nunca, nadie más, volvió a llamarme feo.
Mara Cabello 2012

domingo, 14 de octubre de 2012

El banco de enfrente

Otro cuento naturalista sobre la soledad y la exclusión social y su tendencia a reproducirse sin fin. Un texto con un narrador observador y preciso firmado por Mara Cabello.
Atención: tiene dos posibilidades de final...

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Sentado en el desvencijado banco del parque podía pasar como un viejo cualquiera que ocioso mata las horas viendo pasear a la gente. El Mellao no era tan distinto, le gustaba observar, sobre todo a las muchachas jóvenes, con sus ajustados pantalones, elevados tacones que la hacía marcar un paso al son de sus nalgas (nalgas bailan al son de los tacones), de enormes pechos, redondos, con escotes que, aunque parecieran discretos, eran erótica pura cuando se agachaban a recogerle la gorra que al pobre anciano se le había caído accidentalmente. Vagamente recordaba alguna sonrisa, pues su limitado campo de visión apenas abarcaba el torso y las caderas.

Enfrente, el Cojo, contemplaba desde el lado opuesto del parque a los ruidosos chiquillos jugando mientras escuchaba a las madres conversando acerca de lo bien que le come su niño, y lo mal que le duerme a la otra.

Y como cada tarde, un joven vendedor de cupones se acercaba a ellas cautivándolas con su mirada humilde, su agradecida y seductora sonrisa, arrancándoles sutilmente unas monedas a cambio de un trozo de papel que les ofrecía la posibilidad de soñar con una nueva vida.

-     - ¿Tienes el 74? A ver si el año que nací me trae suerte.

-       -Yo quiero el 22. Sácamelo con la máquina.

-      - ¿Y si compramos el mismo número? Así nos tocaría a todas.

     -O a ninguna.

Estallaron en carcajadas.

Las risas azotaban el fino oído del Cojo, el cual, en silencio, apoyado en su desgastado bastón, seguía con sus ojos saltones, mientras pellizcaba su papada, aquella transacción rutinaria.
Quiso la suerte que una inoportuna ráfaga de viento arrastrara consigo el número que sujetaba el donjuán cuando estaba a punto de acariciar los delicados dedos de una clienta. Un enjambre de ojos siguieron su fatal destino hasta el fondo del río árido que separaba la ciudad en el antiguo y el nuevo barrio. Pero lo que pudo ser tragedia se convirtió en augurio. Todas las gallinas acorralaron al gallo y se lanzaron a pedirle el mismo boleto que se había perdido entre deshechos y matojos.

El Cojo había contemplado la escena con tanta atención que, como buitre que vuela en círculos sobre un ser que agoniza, había retenido en su memoria el punto exacto donde calculaba que debía estar aquel pedazo de papel.

Lo mismo hizo el Mellao, que se preguntaba si el viejo de enfrente sería capaz de aventurarse a su búsqueda. Su nariz empezó a moverse como el hocico de un sabueso adiestrado para encontrar un rastro. Era un tic que despertaba cuando surgía un nuevo desafío en su monótona existencia. Debía controlarse si no quería delatarse, pues la mejor partida es aquella en la que el otro aún no sabe que está en el juego. Aquel premio sería suyo, por fin tendría la vida que se merecía, comodidades y lujos atraerían a muchas mujeres bellas. Un lisiado con cara de sapo indulgente no le impediría alcanzar sus más ansiados deseos.

A pesar de su mirada aparentemente perdida y desorientada, pues las situaciones incómodas le hacían bizquear y parpadear más de lo necesario, logró incorporarse con la ayuda de su deteriorado cayado. Arrastrando su pierna mala se alejó, más temprano de lo habitual, con una lentitud desmesurada.
Cada paso que se alejaba con su pesado bastón al Mellao se le hacía eterno. “Palo, pie, pie. Palo, pie, pie. Palo, pie, pie.” Se repetía mentalmente mientras observaba cómo se retiraba su rival de manera tan pausada que se le antojó que hubieran pasado horas hasta que se desvaneciera tras la esquina. Entonces, sonrió mostrando su boca mientras su la lengua acariciaba sus escasos dientes como quien saborea un delicioso pastel con solo mirarlo.

Gallinas y polluelos se fueron con su escándalo a sus respectivos corrales dejando el parque a merced de los gatos callejeros que acudían a rescatar los restos de merienda malogrados entre columpios y toboganes.

Aunque deseaba echar a correr en busca de aquel tesoro, cuya cruz en el mapa tenía dibujada en su cabeza, se esforzaba por contener ese impulso y aparentar normalidad. Sus pasos se dirigían casi en zigzag, como si tratara de dejar un rastro falso, en dirección al acceso del antiguo cauce del río.

El sendero era bastante ancho para que los coches pudieran sumergirse en aquel improvisado aparcamiento. Un camino escarpado y peligroso para recorrer a pie por viejas piernas, flácidas y débiles, que a duras penas soportaban el peso de su escuálido cuerpo, desdentado y con una mugrienta gorra. La pendiente era muy pronunciada, por lo que se apoyaba en el muro al tiempo que sus manos se sujetaban con fuerza a los matojos que asomaban entre las rocas y de los altos rastrojos que encontraba bajo sus pies.

Tan pronto como llegó al final se dio cuenta de que la peor parte estaba por llegar. Vegetación descuidada, escombros, piedras desiguales, y una extensión de terreno mucho mayor de la que imaginaba y cuya vista no podía abarcar por completo dibujaban un paisaje desolador. Desde arriba todo parecía mucho más sencillo. Lo que antes daba como una hazaña con éxito en aquel momento le pareció un reto casi imposible de superar. ¿Cuántas horas de luz le quedarían? ¿Dos a lo sumo? Debía pasar a la acción y dejarse de lamentos. Pensó en todas las señoras que rechazaría mientras él cortejaba a sus hijas regalándoles joyas. Siguió buscando en medio de botellas, bolsas de plástico, cartones, ropa interior y demás desechos en aquel barranco abrupto. El atardecer dio paso a la luna que asomó brillante como un enorme farola esférica que parecía alumbrar con mayor intensidad que otras noches.


Pelotas y patadas golpeaban incansables en el parque mientras las madres de los más pequeños trataban de esquivar los posibles balonazos salvaguardándoles de cualquier posible daño. Una niña de unos 3 años gritaba perseguida por otra que quería arrebatarle su carro de muñecas. Coletas, cochecitos, risas, lloros, “¡mamá, mamá!” y un corrillo de mujeres que bocadillito en mano administraban la merienda a los divertidos colegiales.

El Cojo admiraba la escena desde su banco. Aquel barullo, que acabaría con la salud de muchos, a él le daba la vida, le recordaba los buenos tiempos de su niñez, y, como en una noria eterna, quedaba atrapado en un bucle de maravillosos recuerdos. Prefería mil veces aquel alboroto que el sepulcral silencio de su hogar.

El joven apuesto, puntual y fiel a su ritual se aproximó al área de juego.

-      - ¿Qué numero salió ayer?

-      - ¿Nos ha tocado algo?

-      - ¡A ver qué día nos das un premio!

Soltó una de las manos con las que sujetaba su deteriorado bastón y se la llevó a la papada, la pellizco suavemente y empezó a jugar con ella agitándola. Era su reacción cada vez que quería asegurarse de que no había muerto y estaba en una ensoñación. Añoraba en aquella estampa diaria un personaje pintoresco con una gorra descuidada.

No había nadie en el banco de enfrente.

Pensó en la noche anterior, cuando atento al televisor aguardaba expectante el momento en el que se anunciaría el número premiado de aquel sorteo. Había fantaseado con lo que haría si le tocara un premio. Mandaría construir un parque grandioso al que le pondrían su nombre. Un espacio en el que los mayores verían corretear, brincar, divertirse y crecer a niños y niñas. Y aunque las generaciones futuras le olvidaran, su nombre al menos les resultaría familiar puesto que permanecería dibujado con letras ostentosas en la entrada de una inmensa puerta de hierro forjado. Pero aquel fascinante plan fracasó en el momento en que se anunció el cupón ganador. Ya no iba a necesitar salir en busca de aquel trocito de hoja impresa de ilusiones.

Seguía faltando el viejo de la sonrisa truculenta en el banco de enfrente.

Un grupo de jóvenes se ocultaba en los bajos del río árido huyendo de miradas indiscretas. Entre caladas y tragos sus dedos se movían ágilmente cuál hormigas danzarinas sobre el teclado de sus móviles. Ni las bocanadas de humo ni el alcohol enturbiaban su flujo de tweets y whatsApps. Era tal el dominio que incluso podían  escribir con una sola mano mientras acercaban la botella o la colilla a sus labios.  Lo sorprendente fue que uno de ellos reparara en una desgastada gorra. La recogió con un veloz gesto para, a continuación, como un acto reflejo tan natural como respirar, hacerse una foto y cambiar su imagen de perfil. Decenas de amigos señalaban “me gusta” al tiempo que otros publicaban “Q bien t kda”, “Stas mas guapo pq no se ve tu kra, jeje”. En apenas treinta minutos más de cincuenta comentarios le invadían, aunque ninguno preguntaba por el paradero del dueño de aquella singular gorra.

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El cuento tiene dos opciones de lectura. El lector puede darlo por concluido aquí (final abierto). Cualquier cosa ha podido ocurrirle entonces.  Si prefiere saber cuál de entre todas las variables infinitas era la que el destino le tenía reservado, puede seguir leyendo
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La pierna le dolía intensamente, la edad parecía hacerle inmune a los efectos de los fármacos de los que había abusado con frecuencia. La sensación de alivio le llegaba cuando su cuerpo exhausto y débil se sumía en un sueño revitalizador. Sin embargo, no había mejor remedio que la atención personalizada que recibía cada vez que presionaba el botón de asistencia. Petición que se materializaba en un esbelto y femenino cuerpo uniformado con una corta bata blanca dirigiéndose hacia él, como un ángel con un aura sensual que le abrazaba con sus alas sumergiendo su rostro entre sus senos. En su ensoñación fantaseaba mientras su nariz se agitaba tratando de olfatear ese aroma de mujer y su boca desdentada dibujaba una sonrisa. No había hecho falta ganar ningún premio para tener a una joven y bella muchacha a su disposición. La larga y accidentada noche, finalmente, se vio recompensada.

Mara Cabello 2012

El cuadro "El hombre sentado en un banco", de Horace Pippin procede de boverijuancarlospintores.blogspot.com.es