Mostrando entradas con la etiqueta Empar Martí. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Empar Martí. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de enero de 2013

Hojas


Hojas de árboles
arrastradas
sin rumbo
por el viento.
Empar Martí 2012

jueves, 13 de diciembre de 2012

Hemos despertado en un presente


Hemos despertado en un presente, 
bucle infinito en forma de historia,
donde no hay puentes hacia el futuro,
tal vez, todavía sigamos dormidos.

Conjunto, de despreciables des que nos encuentran,  
desilusión, desconfianza, desgana, desesperanza,
al que también se suman los desahucios.
Incomprensión ante el qué y el por qué de lo que pasa,
¿cómo dejamos que pasara?

En la calle, en las casas, 
sensación general de abandono,
de preguntar, de querer saber,
y desagradable sorpresa cuando
la violencia llega como respuesta.
 
Ojear el periódico, y desear no saber leer.
Desaliento en los últimos actos de rebeldía
Temor, temblor y
que todo rebiente, así, con b, que hará más ruido. 
Empar Martí 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

Repetición de palabras


Velocidad enterrada,  

espacio invadido.


Paisajes difusos: detrás,

sonidos efímeros: al fondo.  


Llaves que escapan de las manos.

Miradas que buscan una puerta.

Sensación de atravesar el aire rápido. 


Llegada.

Distancia, encuentro, entusiasmo.

Comienzo.


Avanzar despacio:

días,

semanas,

meses (dos).


Por fin: una frase.


Aplausos. 

Empar Martí 2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

La noche previa

El relato libre de Empar Martí, con atmósfera kafkiana, nos enfrenta al aburdo de la vida académica. Afortunadamente para nosotros, ella sí pudo acabar su relato. Y es que nuestro Máster, definitivamente, es muy estimulante.

_________________________________

Otra vez delante del ordenador, escribiendo de nuevo, en una mesa sepultada por papeles y libros. Ella está plenamente convencida de que se enfrenta a uno de los años más estresantes de su vida. No puede evitar ser tan exagerada.

Esta noche dejará aparcado el trabajo, el gran trabajo que lleva preocupándola, agotándola,  durante tanto tiempo, y comenzará a escribir un cuento. Lee en sus apuntes las instrucciones. Son claras y breves. Demasiado: debéis escribir un cuento que contenga aspectos fantásticos, para, a ser posible, desembocar en el terror. Ella, un día más, no tiene ni idea de lo que va a escribir. Tal vez, lo más sencillo sea una nueva versión, poco original, de Alicia en el País de las Maravillas. El cuento debe entregarlo mañana. Estúpida manía de dejarse las cosas para el último momento.  Allá va…


No está del todo terminado, pero ya ha conformado el argumento. Mañana se levantará temprano, no mucho, e irá retocando el borrador hasta que sea hora de ir a clase. Una vez lo entregue, proseguirá con el otro trabajo. Ostras, el trabajo. Quería añadir una idea que había estado trazando mientras volvía a casa en el metro, mejor hacerlo ahora y así seguro que no se le olvida. Abre el archivo: Trabajo final de máster, ni siquiera ha sido original a la hora de ponerle un título. Va a la última página. Incrédula y perpleja exclama ¡¡Pero si faltan cuatro hojas!! ¡Había 45 y ahora solo hay 41! ¡No puede ser! ¡Es que había 45 seguro! El tercer apartado estaba completo. ¡Joder. Seguro que estaba completo!

  Sabe que ha abierto el archivo correcto, tal vez no llegó a guardar los últimos cambios que hizo. Mierda. Con todo su mal humor y desgana rehace dos páginas. Cierra el documento, y, cuando se dispone a salir definitivamente de su ahora odiado Microsoft Word, descubre como dos páginas de su cuento también han desaparecido.

El enfado y la rabia han dado paso a la angustia, a nudos en la garganta y en el estómago, a gritos reprimidos. Estúpida máquina. Es tarde, pero le da igual que el ruido de la impresora despierte a los demás ocupantes de la casa. Imprime los dos archivos: el puto trabajo y el maldito cuento. Se sienta en la cama, coge un boli, y vuelve a retomar la descripción del Gato de Cheshire. Asombrada, aterrada, descubre como por cada línea que escribe de su cuento se evapora una de su trabajo. No puede ser. No puede ser. No puede ser. Sigue escribiendo, cada vez escribe más rápido, frases incontroladas casi sin sentido, intentado burlar a aquello que provoca que se borre todo lo que redacta.  No lo consigue. ¡¡Se está borrando todo. Se está puto borrando todo!! Le entra un ataque de pánico. Debe terminar el cuento, ¡tiene que entregarlo mañana!, pero no está dispuesta a sacrificar el gran trabajo por un puñetero cuento. No sabe qué hacer. Inútilmente vuelve a escribir, esta vez muy despacio, dos líneas. Las mismas que de nuevo, van desapareciendo del otro folio. Empieza a dar vueltas por su habitación. Nerviosa, asustada, aterrada. ¿Qué voy a hacer ahora? Ni siquiera le salen las lágrimas. Y, cuando cree que su propia tensión la va a hacer estallar en pedazos se descubre a sí misma lanzando una risa nerviosa, que va creciendo de intensidad hasta que rompe en carcajadas.

 Se ríe, se ríe a gusto, con ganas, como hace ya tiempo que no lo hacía. Se ríe del trabajo, del angustioso trabajo que perdió todo su sentido en el mismo momento en el que terminaron las clases y llegó el verano. Se ríe de su cuento, que bien podría estar escrito por un niño de doce años. Se ríe de todas las pruebas, exámenes, trabajos que ha tenido que superar. Se ríe del mundo, y, sobre todo, se ríe de ella misma.


Lanza los folios, alejándolos todo lo posible de ella y de su cama. Se acuesta, esta  noche quiere descansar. Ha decidido que mañana irá a zambullirse a la piscina.  


Sobre el trabajo y el cuento, qué más da. Sabe que tarde o temprano, como pasa siempre, como les pasa a todos, terminará aprobando. En definitiva, no conoce a nadie, que, al final, no haya conseguido pasar el curso.  
Empar Martí 2012

domingo, 28 de octubre de 2012

Simetría


Un nuevo relato con un narrador que dosifica sabiamente la información, en este caso para crear un ambiente nebuloso tenso y ligeramente onírico. Empar Martí lo ha vuelto a conseguir:

_________________________________


La viajera lee, o tal vez únicamente sujeta el libro, en su asiento de primera clase, sola, junto a la ventanilla.

El visitante, mientras, ha llegado ante ese departamento del vagón central. Observa  un poco. Espera.  La viajera pasa la hoja del libro. Entonces él abre la puerta; ella guarda su lectura; él entra y se sienta.
Él no lleva ningún equipaje, solo un sombrero que, negligentemente, sostiene sobre su rodilla.  Pregunta: ¿Le molesta que fume? Ella contesta: No, adelante.

El tren aminora la marcha. Durante unos segundos se detiene, y, al volver a moverse, también lo hace su conversación que, de momento, avanza entre vaguedades. Los ojos de ella se iluminan.

La locomotora despliega su potencia en la oscuridad, y las tenues luces  dejan ver poca cosa más que siluetas. Cualquier resto de paisaje queda ahora escondido, detrás de las cortinas de las ventanillas. En ese instante la conversación ha vuelto por caminos convencionales.

En un momento dado, él, con una sencilla pregunta la sorprende: ¿Qué libro leía usted? Oh, uno cualquiera. Ya, pero usted perdone, mi curiosidad es insaciable. Ella continúa con evasivas. Él insiste: cuando he entrado, usted ha pasado la página de derecha a izquierda. Ahora ella parece que tiembla. Como derrotada, le muestra el libro.

El visitante lo abre, lo lee, o parece leerlo: Shema Israel Adonai Eloheinu Adonai Ejad;  Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno, comenta.

La viajera pasa en tan solo unos segundos del aparente pánico a la sorpresa y el alivio. Parece como si ambos hubiesen abierto unas ocultas compuertas que, durante mucho tiempo, hubiesen retenido secretos inmensos. Esa apertura ha dado paso a una fluidez de verbos que solo se detiene cuando, el tren, de manera casi imperceptible, comienza el proceso de desaceleración.

Él se excusa, ella argumenta que también va al lavabo. Ambos salen en sentidos opuestos, dejan atrás el baño y cruzan las puertas que llevan a los respectivos vagones continuos. Dos hombres esperan en el primer departamento de cada uno de los coches.  

En los dos grupos de tres personas se encienden cigarrillos. Los diálogos son casi idénticos en ambos extremos: él/ella es el hombre/mujer que buscábamos no hay ningún tipo de duda, entendía el hebreo. Después de la conversación estoy segura/estoy seguro de que él/ella es quien ha estado pasando a los judíos.

Repasan el plan. Cuando los agentes terminen con el trabajo  deberán abandonar el tren, y  tomar el expreso que llegará en sentido inverso. La próxima cita, al día siguiente, en la otra parte de la frontera.

 Los cigarrillos se agotan, el tren se detiene, y cuatro agentes que salen desde puntos opuestos convergen en el departamento, ahora vacío. Se miran fríamente, ocultando su sorpresa. Resignados y en silencio vuelven a sus puntos de origen.

 En el andén, ocultos entre el cúmulo de carbón y vapor, dos personas que esperan para cruzar a la otra parte se reconocen cuando un golpe de viento aclara la niebla. Ninguno de los dos oculta la extrañeza de ver al otro. Ambos avanzan hacia un ya imposible reencuentro y ambos hunden la mano derecha en el bolsillo derecho de la gabardina.

 El tren retoma la marcha. El inmenso silbido de la locomotora rompe el silencio nocturno y ahoga cuatro ráfagas de metralleta, disparadas en diagonal. Las dos figuras se inclinan, encontrándose. En un momento, tan fugaz como breve, forman una equis perfecta. Un segundo después son dos cuerpos tendidos, uno sobre el otro, en el andén oscuro y frío. 
Empar Martí 2012.

La fotografía está extraída de un fotograma de la película El hombre de Londres (Bela Tarr, 2007)