Estos textos fueron escritos por encargo.
Los textos publicados a partir de octubre de 2013 han sido escritos por mis estudiantes del Programa de Estudios Hispánicos de la University of Virginia (www.uvavalencia.org) o del Programa de Michigan State University en Valencia.
Los textos anteriores nacieron en el Taller de Escritura Literaria del Máster de Estudios Hispánicos de la Universitat de València.
Todos ellos tienen en común haber nacido del gusto por la literatura y el lenguaje.
Durante la clausura del Programa de Estudios Hispánicos de la University of Virginia en Valencia de Primavera de 2015 entregamos los premios Miguelete de Oro de poesía y narración. Estos premios se otorgan a estudiantes del programa en las sesiones de otoño y primavera y esta es su edición número veintitrés.
A continuación tenéis la lista de textos premiados. Todos están publicados ya en el blog. Podéis leerlos haciendo clic en el título.
Jasmine Pineda se nos muestra consciente del paso del tiempo en uno de esos instantes densos en que el espacio parece abrirse hacia el pasado y hacia el futuro. Un excelente ganador del Premio Miguelete de Oro de Poesía del Programa de Primavera 2015
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I. Ahora Al cabo de un día larguísimo,
llego a una cama deshecha.
Me tiro por la parte izquierda y empujo toda ropa, papeles, una magdalena medio comida al otro lado de la cama.
Todo llena la otra mitad,
formando un cuerpo, ocupando un espacio cuya vaciedad todavía me extraña. A pesar de tanto tiempo que ha pasado, sigo buscando manos que ya no me alcanzan.
II. Antes Besaba a mis padres antes de irme a dormir. Una vez metida en la cama inmensa, donde cabían todas mis alegrías, mis problemillas y mis peluches, echaba a contar a mi querido diario
todos mis secretos y mis fantasías.
Cogía mi osito y dormía así.
Soñaba siempre con el amor
(que en aquellos días llamaba "Joey"). Imaginaba como me vería cuando al final alguien se enamorase de mí.
III. Algún día Dejaré el trabajo sobre la mesa e iré a la cama No sabía antes que no tenía porqué acostarme con los errores del pasado ni preocuparme de lo que quizás no venga en el futuro. Entonces, agradeceré todos los días que habré visto, todas las personas que me habrán tocado de cerca. La noche caerá sobre la tierra, mi alma finalmente encontrará la tranquilidad
Y sobre mis labios, la palabra "gracias" se formará.
Saeeda Quansah es la autora de este excelente texto sobre la incomunicación, la extranjeridad y los prejuicios. Sin duda un excelente ganador del Premio Miguelete de Oro de Narrativa del Programa de Primavera de 2015.
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No voy a decirte que
tengo un acento. Ya lo sabes. Es la manera de mi lengua, de mi gente. No hay
trucos o secretos en mi pronunciación, solo las palabras que yo no sé y tú
piensas que ya sabes.
Aquí está el gran rollo.
Cuando me dijiste que el
medico vuelve a las tres y luego de decirme, “Three, three, three.” Me acuerdo
cuando yo tenía cinco años con las rodillas blancas y un vestido manchado. Mi
amiga Caroline me enseñó los números en español. Uno, dos, tres. Caroline siempre me sonreía. Esto era muy valiente
para ella porque Caroline tenía los dientes grandísimos en nuestra clase. Tenía
el pelo negro y los rizos y éramos las mejores amigas en la manera que las criaturas
forman las mejores amigas en la comida y una nueva mejor amiga después de la siesta.
Por eso, cuando me dices tonterías… Tres. Tres. Tres… pienso en los dientes de Caroline. Pienso en
la ira que siento y como quiero estropear mi odio y tu ignorancia y la división
entre nosotras. Pienso en mis padres que no son de aquí ni de allí y no tienen los
acentos que son aceptables en las salas de espera.
La ira entra y sale de mi
cuerpo. No estoy segura de si esta emoción, esta furia, tiene el derecho de
ocupar mi cuerpo más de unos minutos. No invité el dolor de la cotidianidad
castellana. En mi mente, los susurros de “No pasa nada. No pasa nada,” se están
acurrucando en las esquinas mentales. Deseo recordarme y olvidarme.
Mis padres se marcharon
de su país y no me decían nunca sobre los cuentos de discriminación cuando
inmigraron a los Estados Unidos. No me decían nada. No es la manera de mis
padres. No es la manera de mi gente. Quejar y fastidiarse es un regalo
para las personas que tenían el tiempo de comer sin prisa y comprar las botas
nuevas cuando quieren. Para saber que tu acento es perfecto dondequiera que estás.
“No soy imbécil. Soy
americana.” Siento las palabras en mi lengua. Araña y araña. No deseo saber
la razón detrás de mi revelación obvia a una mujer que no sabe más de tres
palabras de inglés. Three. Three. Three. Salgo de la sala de espera y espero el autobús.
En su relato al estilo del realismo mágico mi estudiante Saeeda Quansah, de la clase "Survey of Latin American Literature II, nos acerca al curioso pueblo de Rosasclaras y su envidiable pan.
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Nadie en el pueblo de Rosasclaras tenía muchas expectativas en el hijo de
Ernesto Ricardo Rodríguez, el panadero más famoso del mundo. Javi Rodríguez no
era muy inteligente ni listo. Caminaba como si llevara botas pesadísimas y
raramente se peinaba el pelo. Tal vez lo que era más único sobre Javi Rodríguez
fue que no hubo ninguna característica única sobre él. Era el hijo ordinario
del hombre extraordinario: una realidad desafortunada. Sin talentos o
habilidades útiles, Javi quedaba en el mundo como todos los elementos
naturales. Como los árboles cumplían los propósitos de producir el aire por el
mundo. Javi Rodríguez servía el propósito de no hacer absolutamente nada. Así,
los árboles, las huertas de higo y Javi Rodríguez, se juntaron en la unidad
pacifista. Mientras estaba sentado en la única silla afuera del edificio
castaño titulado Horno Rodríguez: “El pan más delicioso en el mundo,”
Javi se encontraba muy muy aburrido.
Después de la muerte de Ernesto Rodríguez, Javi, por la herencia familiar,
se convirtió en el dueño de la panadería: el oficio más poderoso del pueblo y
posiblemente del mundo. Hasta ahora. El aire escapó de la boca de Javi. Miraba
la calle. Las tres mujeres, tres clientes muy populares de la panadería,
pasaban por delante de él y saludaron. No llamaron su atención.
Una arruga formo entre las cejas de la mujer más vieja. “¿De quién compramos
el pan ahora? Javi no será Ernesto Ricardo nunca.”
La segunda mujer dio una vuelta y miro la cabeza de Javi, como él miraba a
nada. “Esto, no lo sé,” susurro a las dos mujeres, “Javi no tiene el poder de
hacer el pan. El pan. El pan.” Ella mojó los labios. Los ojos se transformaron en
muy oscuros, como las nubes llenas de lluvia.
El pan de la familia Rodríguez fue la droga de Rosasclaras. Si comprabas el
pan de Ernesto Ricardo cada día y lo compartías con tu amante, controlarías tu
destino de amor, de familia, de todo. Desde la muerte del panadero, las
raciones del pan no podían rellenar.
Javi, como siempre, quedaba ignorante de los susurros del pueblo. Cuando el
pueblo le preguntaba sobre el futuro de la panadería, creía que extrañaban los
panes de su padre muerto. Un pan que Javi no preparaba nunca. Todavía no había
podido encontrar la receta del pan y no se lo había contado a nadie. Había algo
en los ojos de los clientes que causó su silencio. Algo peligroso.
Por el final de la tarde, decidió que se cansaba de no hacer nada.
Intentaría preparar el pan hoy. Entraría la panadería.
Todos los ingredientes debían de estar en la panadería.
Una capa fina de polvo había cubierto la panadería. Parecía la harina, pero
el olor probó lo contrario. Con facilidad, Javi encontró la alimentación para
preparar el pan. Medía la harina y la sal mientras cantaban las canciones de su
niñez, las canciones que Ernesto Ricardo cantaba mientras horneaban el pan.
Detrás de la panadería, cerca del horno, Javi Rodríguez oyó el rugido de un
león. El miedo se le formó en la frente en la forma de sudor. Miró a la puerta
de la sala del horno antes de empujarla. Sintió el calor del horno. Abrió la
puerta. Allí, vio la fogata.
Saeeda Quansah 2015
La fotografía del pan de pueblo procede de www.elpanaderocasero.com
En su sugerente cuento de ciencia ficción, Effie Smith, de mi clase Hispanic Women Writers en University of Virginia Hispanic Studies Program, nos presenta una aterradora distopía en que el tiempo de descanso ha sido casi totalmente eliminado, y los seres humanos se han convertido ya desde la escuela en esclavos obsesivos de la productividad.
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Su
madre tocó la puerta tímidamente. Ella sabía que Valeria quería que nadie le
interrumpiera jamás mientras que trabajaba. La escuela no permitía extensiones
en los plazos de entrega y ella tuvo que terminar su tarea con el perro. Por
alguna razón, nunca podía hacer que la cola del perro se meneara cuando
estuviera feliz; sólo ladrara. Valeria lanzó un suspiro y giró en la silla giratoria
y alcanzó la mano hacia el pomo. “Dime, mamá. ¿Qué quieres?”, le preguntó
impacientemente.
Su
mamá le contestó mientras empujaba un vaso de agua y una pastilla verde hacia
su cara: “Es la hora de cenar”. Valeria suspiró otra vez y los agarró. Odiaba
estas interrupciones. El descanso de comer no era bastante corto. La próxima
vez los científicos, ella pensó, o quienquiera que creara los alimentos,
necesitaba diseñar un parche alimentario que nunca tuviera que quitarse que
emitiera lo necesario a las horas necesarias. El gran propósito de las primeras
pastillas era de ahorrar tiempo, ¿no? Obviamente, los científicos necesitaban
volver a pensar en el diseño de eso.
Valeria
tomó la pastilla sin decir nada a su madre y devolvió el vaso medio lleno de
agua. Volvió a su escritorio y ya pudo sentir el calor de la comida sintética
llenándole el cuerpo. En unos minutos el estómago dejó de gruñir y ella podía
concentrarse en la tarea. Agarró un destornillador y comenzó a desenroscar la
placa del estómago del perro. Tal vez si ella pudiera conectar los cables
azules y morados, el perro se callaría y empezaría a menear la cola. Ella
trabajó toda la noche hasta que su madre entró otra vez con una pastilla
rosada. “¿Has llegado a arreglarlo, cariño?”, le preguntó a Valeria mientras le
plantaba un beso en la cabeza.
Valeria
se negó y tomó la pastilla: “Pero tengo que entregarlo de todos modos”. Sintió
el alimento llenando el estómago otra vez pero eso no le consoló. Recogió el
perro y lo puso en el suelo. “Venga. Vamos a la escuela”, ella dijo al perro
después de agarrar su mochila. El perro le contestó con un ladrido y la siguió
afuera de la casa.
En
la calle, Valeria y el perro pasaron por las fachadas de varias tiendas. Un
banco, una mueblería, una tienda de
vitaminas y pastillas, un hospital, etc. Cuando llegaron a la escuela, Valeria
recogió el perro en los brazos y lo trajo al aula donde se sentaban los otros
estudiantes. Pasaron la mañana hablando de las técnicas de dar emociones a los
robots y como se puede fabricar piel más natural para ellos. A la una hubo un
descanso de quince minutos para tomar la pastilla morada de la comida y Valeria
la tomó rápidamente. Nunca entendía porque los maestros nos daban más de cinco
minutos cada día para tomar una pastilla. Tuvieron que hacer exámenes muy
pronto para las solicitudes de la universidades. No quedaba tiempo para comer.
Valeria
esperó en la silla ansiosamente para volver a comenzar la clase. Hoy tuvo que
presentar su perro al maestro y se sintió enferma a causa de los nervios.
Cuando pasó al frente de la clase y empezó su presentación el perro se negó a
cooperar. Ella intentó muchas veces sobornar al perro con pastillas virtuales
pero no tuvo éxito. Valeria se puso roja y podía sentir las lágrimas en los
ojos. Había fracasado. Había pasado demasiado tiempo tomando pastillas y
hablando con su madre. No entendía como ninguna persona lograba nada cuando
tenía que perder el tiempo comiendo o socializándose. Quitar la cocción no
había sido suficiente. La sociedad necesitaba quitar las pastillas y el
desplazamiento también.
La
presión de tener éxito era demasiada. Valeria tenía que dedicarse sólo a la
tarea y nada más. Y lo haría.