Estos textos fueron escritos por encargo.
Los textos publicados a partir de octubre de 2013 han sido escritos por mis estudiantes del Programa de Estudios Hispánicos de la University of Virginia (www.uvavalencia.org) o del Programa de Michigan State University en Valencia.
Los textos anteriores nacieron en el Taller de Escritura Literaria del Máster de Estudios Hispánicos de la Universitat de València.
Todos ellos tienen en común haber nacido del gusto por la literatura y el lenguaje.
En su relato al estilo del realismo mágico mi estudiante Saeeda Quansah, de la clase "Survey of Latin American Literature II, nos acerca al curioso pueblo de Rosasclaras y su envidiable pan.
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Nadie en el pueblo de Rosasclaras tenía muchas expectativas en el hijo de
Ernesto Ricardo Rodríguez, el panadero más famoso del mundo. Javi Rodríguez no
era muy inteligente ni listo. Caminaba como si llevara botas pesadísimas y
raramente se peinaba el pelo. Tal vez lo que era más único sobre Javi Rodríguez
fue que no hubo ninguna característica única sobre él. Era el hijo ordinario
del hombre extraordinario: una realidad desafortunada. Sin talentos o
habilidades útiles, Javi quedaba en el mundo como todos los elementos
naturales. Como los árboles cumplían los propósitos de producir el aire por el
mundo. Javi Rodríguez servía el propósito de no hacer absolutamente nada. Así,
los árboles, las huertas de higo y Javi Rodríguez, se juntaron en la unidad
pacifista. Mientras estaba sentado en la única silla afuera del edificio
castaño titulado Horno Rodríguez: “El pan más delicioso en el mundo,”
Javi se encontraba muy muy aburrido.
Después de la muerte de Ernesto Rodríguez, Javi, por la herencia familiar,
se convirtió en el dueño de la panadería: el oficio más poderoso del pueblo y
posiblemente del mundo. Hasta ahora. El aire escapó de la boca de Javi. Miraba
la calle. Las tres mujeres, tres clientes muy populares de la panadería,
pasaban por delante de él y saludaron. No llamaron su atención.
Una arruga formo entre las cejas de la mujer más vieja. “¿De quién compramos
el pan ahora? Javi no será Ernesto Ricardo nunca.”
La segunda mujer dio una vuelta y miro la cabeza de Javi, como él miraba a
nada. “Esto, no lo sé,” susurro a las dos mujeres, “Javi no tiene el poder de
hacer el pan. El pan. El pan.” Ella mojó los labios. Los ojos se transformaron en
muy oscuros, como las nubes llenas de lluvia.
El pan de la familia Rodríguez fue la droga de Rosasclaras. Si comprabas el
pan de Ernesto Ricardo cada día y lo compartías con tu amante, controlarías tu
destino de amor, de familia, de todo. Desde la muerte del panadero, las
raciones del pan no podían rellenar.
Javi, como siempre, quedaba ignorante de los susurros del pueblo. Cuando el
pueblo le preguntaba sobre el futuro de la panadería, creía que extrañaban los
panes de su padre muerto. Un pan que Javi no preparaba nunca. Todavía no había
podido encontrar la receta del pan y no se lo había contado a nadie. Había algo
en los ojos de los clientes que causó su silencio. Algo peligroso.
Por el final de la tarde, decidió que se cansaba de no hacer nada.
Intentaría preparar el pan hoy. Entraría la panadería.
Todos los ingredientes debían de estar en la panadería.
Una capa fina de polvo había cubierto la panadería. Parecía la harina, pero
el olor probó lo contrario. Con facilidad, Javi encontró la alimentación para
preparar el pan. Medía la harina y la sal mientras cantaban las canciones de su
niñez, las canciones que Ernesto Ricardo cantaba mientras horneaban el pan.
Detrás de la panadería, cerca del horno, Javi Rodríguez oyó el rugido de un
león. El miedo se le formó en la frente en la forma de sudor. Miró a la puerta
de la sala del horno antes de empujarla. Sintió el calor del horno. Abrió la
puerta. Allí, vio la fogata.
Saeeda Quansah 2015
La fotografía del pan de pueblo procede de www.elpanaderocasero.com
En su sugerente cuento de ciencia ficción, Effie Smith, de mi clase Hispanic Women Writers en University of Virginia Hispanic Studies Program, nos presenta una aterradora distopía en que el tiempo de descanso ha sido casi totalmente eliminado, y los seres humanos se han convertido ya desde la escuela en esclavos obsesivos de la productividad.
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Su
madre tocó la puerta tímidamente. Ella sabía que Valeria quería que nadie le
interrumpiera jamás mientras que trabajaba. La escuela no permitía extensiones
en los plazos de entrega y ella tuvo que terminar su tarea con el perro. Por
alguna razón, nunca podía hacer que la cola del perro se meneara cuando
estuviera feliz; sólo ladrara. Valeria lanzó un suspiro y giró en la silla giratoria
y alcanzó la mano hacia el pomo. “Dime, mamá. ¿Qué quieres?”, le preguntó
impacientemente.
Su
mamá le contestó mientras empujaba un vaso de agua y una pastilla verde hacia
su cara: “Es la hora de cenar”. Valeria suspiró otra vez y los agarró. Odiaba
estas interrupciones. El descanso de comer no era bastante corto. La próxima
vez los científicos, ella pensó, o quienquiera que creara los alimentos,
necesitaba diseñar un parche alimentario que nunca tuviera que quitarse que
emitiera lo necesario a las horas necesarias. El gran propósito de las primeras
pastillas era de ahorrar tiempo, ¿no? Obviamente, los científicos necesitaban
volver a pensar en el diseño de eso.
Valeria
tomó la pastilla sin decir nada a su madre y devolvió el vaso medio lleno de
agua. Volvió a su escritorio y ya pudo sentir el calor de la comida sintética
llenándole el cuerpo. En unos minutos el estómago dejó de gruñir y ella podía
concentrarse en la tarea. Agarró un destornillador y comenzó a desenroscar la
placa del estómago del perro. Tal vez si ella pudiera conectar los cables
azules y morados, el perro se callaría y empezaría a menear la cola. Ella
trabajó toda la noche hasta que su madre entró otra vez con una pastilla
rosada. “¿Has llegado a arreglarlo, cariño?”, le preguntó a Valeria mientras le
plantaba un beso en la cabeza.
Valeria
se negó y tomó la pastilla: “Pero tengo que entregarlo de todos modos”. Sintió
el alimento llenando el estómago otra vez pero eso no le consoló. Recogió el
perro y lo puso en el suelo. “Venga. Vamos a la escuela”, ella dijo al perro
después de agarrar su mochila. El perro le contestó con un ladrido y la siguió
afuera de la casa.
En
la calle, Valeria y el perro pasaron por las fachadas de varias tiendas. Un
banco, una mueblería, una tienda de
vitaminas y pastillas, un hospital, etc. Cuando llegaron a la escuela, Valeria
recogió el perro en los brazos y lo trajo al aula donde se sentaban los otros
estudiantes. Pasaron la mañana hablando de las técnicas de dar emociones a los
robots y como se puede fabricar piel más natural para ellos. A la una hubo un
descanso de quince minutos para tomar la pastilla morada de la comida y Valeria
la tomó rápidamente. Nunca entendía porque los maestros nos daban más de cinco
minutos cada día para tomar una pastilla. Tuvieron que hacer exámenes muy
pronto para las solicitudes de la universidades. No quedaba tiempo para comer.
Valeria
esperó en la silla ansiosamente para volver a comenzar la clase. Hoy tuvo que
presentar su perro al maestro y se sintió enferma a causa de los nervios.
Cuando pasó al frente de la clase y empezó su presentación el perro se negó a
cooperar. Ella intentó muchas veces sobornar al perro con pastillas virtuales
pero no tuvo éxito. Valeria se puso roja y podía sentir las lágrimas en los
ojos. Había fracasado. Había pasado demasiado tiempo tomando pastillas y
hablando con su madre. No entendía como ninguna persona lograba nada cuando
tenía que perder el tiempo comiendo o socializándose. Quitar la cocción no
había sido suficiente. La sociedad necesitaba quitar las pastillas y el
desplazamiento también.
La
presión de tener éxito era demasiada. Valeria tenía que dedicarse sólo a la
tarea y nada más. Y lo haría.
Una nueva entrega de microrrelatos escritos por mis estudiantes del Programa de la University of Virginia en Valencia en homenaje a Augusto Monterroso. Esta ha sido la cosecha de primavera de 2015...
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1
(Kendall Burgess)
El semáforo cambió a verde y ella se había ido
2
(Michael Ellis)
El mundo paró cuando él abrió los ojos
3
(Amanda Cole)
Soy la que reemplazó al ganso
4
(Lindsay Shafer)
Cuando el pájaro azul aterrizó, se sentía como un sueño
5
(Laura Laumann)
Cuando entró en la casa, dejó el hogar
6
(Theresa Stoecker)
Aunque el mundo no ha cambiado, su mundo fue totalmente diferente. Ella viajó y entonces nació de nuevo.
7
(Abby Dalla Santa)
Salí de casa, pero mi sonrisa se quedó atrás
8
(Saeeda Quansah)
La llorona entra en mi sala
La reproducción de "La calle entra en la casa", de Umberto Boccioni procede de http://www.reprodart.com/
De repente, una clase sobre la vanguardia, en UVA Hispanic Studies Program nos lleva a un sencillo ejercicio de estilo. Una estudiante dice que le resulta imposible escribir un poema sin intentar comunicar un mensaje, porque es como ir en contra de todo lo que hemos aprendido desde pequeños. Y, sí, en efecto. Así es. Esa es la idea. Romper el lenguaje, tensarlo, para dejarlo hablar de verdad.
Después, imaginamos una historia. La reducimos a sensaciones punzantes, y con ella construimos un poema inspirado en el creacionismo de Huidobro. Queda escrito en la pizarra, y ese es su mayor gesto vanguardista. Un poema efímero: escritura de un instante en otro instante.
La estudiante de Survey of Latin American Literature II Amanda Cole hace un homenaje a Horacio Quiroga reescribiendo uno de sus cuentos más famosos...
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¡Rojo, rojo, rojo…! Me gusta ver
el rojo. Todas las cosas rojas. La luz en el cielo es mejor cuando está roja. Empieza
azul y después está roja. ¡Y es tan brillante! Cuando veo esta luz, siento
algo. No sé lo que es, pero es algo. Es como me siento cuando veo la comida. Prefiero
más que nada sentir cosas como la luz o los ruidos o el sabor de la comida. Cada
día, me siento en el banco para ver la luz, y espero por todo el día para ver
la luz roja y brillante. Los otros tres que se parecen a mi están a mi lado. Pero,
cuando estamos sentados, no les miro. Solo tengo la misma mirada hacia
la luz. Y cuando veo la luz, mi mirada
cambia. Mis ojos instintivamente están más abiertos y mis labios se abren y hago
ruidos espontáneos e innatos. A veces gritamos como los animales grandes porque
me gusta oír los ruidos altos. No sé como hacer ruidos diferentes como los
padres pueden hacer.
Ellos son mis padres o es el
ruido que ellos repiten mucho, pero no sé lo que significa un “padre”. Son cosas
o animales o personas más grandes que yo. Ellos me daban de comer, pero ahora
no los veo mucho. Solo los oigo cuando quiero oír los ruidos altos. Los padres
gritan entre ellos, pero dejan de hacerlo cuando otra cosa pequeña hace un
ruido extraño, con el agua en los ojos. Ellos pasan mucho tiempo con la
pequeña.
Por eso para hacer las cosas que
me gustan, puedo ver el rojo en el cielo, oír los ruidos de los padres y comer
las cosas que alguien me da. Esta cosa o persona o animal (no sé) pone la
comida en mi boca. También, ella pone mucha agua y jabón en mi cuerpo. Odio
esto. Es una sensación muy mala pero todavía grita cuando me pone agua como
cuando ver el sol o quiere ser un animal.
Pero, hay otras maneras de ver
el rojo. ¡Más que esperar el cielo! Yo vi una vez la grande que me da comida y
el agua horrible creando el rojo. Pienso que yo puedo hacerlo, también, y los
otros como yo pueden ayudarme. ¡Qué bueno ver este color sin esperar el cielo! Entiendo
algo ahora. Ella lo hizo así. Ella cogió una cosa pequeña por el patio.
Después, la llevó a la casa y usó algo gris y afilado para separarla en dos
partes. La cosa pequeña hacen ruidos un poco extraños, pero después, yo vi el
rojo. El rojo fluye desde las dos partes de la cosa. ¡Rojo, rojo, rojo!
Cuando pueda, yo voy a hacerlo. Quiero
ver y sentir el rojo.
Pues ahora estoy esperando la
luz en el cielo otra vez. Encuentro otra cosa pequeña, pero con el pelo
diferente y dos brazos. Está encima del cerco que veo cuando espero el sol.
Entonces, las otras y yo la cogemos para crear el rojo.
Grito para recordarles como la
otra lo hizo. Mientras los demás la agarra, ella está gritando mucho. ¿Dónde
está la cosa gris…? Estoy buscando en toda la cocina. ¡Aquí! Ahora la tengo.
Como vi la manera en que la otra
lo hizo, separo a la pequeña en dos partes. ¡Y el color…tan brillante como he
imaginado! Pero, hay algo conocido aquí. ¡Ay! Esta cosa pequeña es la misma cosa
que a los padres le gustan ver cuando ella grita y hace agua. Sabía que
reconocía este ruido. Ahora, ellos pueden verle en rojo. ¡Qué guay! Aunque ha
dejado de gritar, la cosa es mucho más brillante ahora.
Los padres entran para ver esta
cosa tan luminosa. Pero uno de ellos crea el agua con los ojos. Al mismo tiempo,
está haciendo ruidos extraños que suenan como “Bertita!” y “mi hija, mi hija”.
No entiendo estos ruidos. Pero, puedo sentir el rojo ahora porque todo el piso
está cubierto de rojo, como cuando veo el sol.